Kortatu, ska de combate en una Euskadi en llamas
Una de las ventajas de haber nacido en el seno de una familia numerosa es, sin duda, recibir de tus mayores ciertas influencias culturales que tal vez de otro modo no hubieras tenido. Escuchar en casa música de los 60, 70 u 80 fue algo habitual para mí y con esos artistas crecí en un barrio de ciudad de un país que salía de la dictadura y abrazaba una explosión cultural y musical sin precedentes.
Kortatu fue una de esas influencias que tuve siendo apenas un chaval que andaba por los últimos cursos de la EGB. Recuerdo a la perfección escuchar el casete que hoy ilustra estas líneas con unos de esos cascos metálicos de cable que hoy son una reliquia. Cuando el año pasado leí que era el cuarenta aniversario de su disco homónimo, además de verme muy mayor, tuve la necesidad de volver a escucharlo con calma, no sé si por nostalgia o por mera curiosidad. Aun habiendo continuado oyendo su música y haber seguido desde la distancia la carrera posterior de Fermín Muguruza en Negu Gorriak y luego en solitario, aquella escucha me trajo muchos recuerdos y también varias reflexiones.
Kortatu (o Aizkolari, 1985) es un trabajo que no solo refleja influencias musicales bastante novedosas para lo que era la música de la época, sino que también, y no menos interesante, es fiel reflejo de la explosión del llamado Rock Radical Vasco surgido en la Euskadi y Navarra de mediados de los 80. Un movimiento que nace bajo unos condicionantes sociales y políticos muy concretos sin los cuales es difícil entender. Música y realidad social, poderosa mezcla.
Para una persona que creció en ese Madrid del inicio de la democracia, donde el estallido musical se centró en una llamada movida madrileña que celebraba la libertad cultural mediante un pop muy hedonista basado en la estética y el divertimento, toparse con el rock periférico, combativo y contestatario que se hacía en Euskadi no dejaba de ser un pequeño choque cultural. Al menos para mí como adolescente lo fue. ¿Tal vez ya por entonces los madrileños veíamos con cierto recelo todo lo que se escapaba de la mirada centralista aprendida? Seguramente si.
Por ello, sin obviar razones políticas y reivindicativas de mayor calado que quedan lejos de mi análisis, no se puede entender este disco ni a este grupo sin recuperar una pequeña mirada de lo que era Euskadi en esos años.
Euskadi en los 80 era un territorio golpeado por la crisis económica y la recesión industrial, donde el desencanto crecía por momentos, agravado todo ello por el recrudecimiento del conflicto con el Estado y la lucha armada. Tampoco se puede entender aquel contexto sin la llegada en 1983 del llamado plan Zona Especial Norte (ZEN), donde se instaba a centrar parte de los esfuerzos policiales en controlar los movimientos juveniles más combativos. “Desconfíe especialmente de las personas jóvenes, sobre todo si visten anorak oscuro, pantalón vaquero, zapatillas deportivas y bolsa de deportes”, decía literalmente aquel plan. Todo ello fue un caldo de cultivo claro para que parte de esa juventud se sintiera criminalizada y encontrase en la música un modo de lucha, una línea del frente desde la que resistir.
Y desde la base de esas influencias políticas nace Kortatu. Se cuenta que los hermanos Muguruza montaron el grupo después de ver las actuaciones de The Clash en San Sebastián y de The Beat en Getxo a principios de los 80. De ser cierto, resulta fácil reconocer en su música esas influencias del punk rock mestizo por un lado y del ska por el otro.
Una vez en marcha, el grupo graba lo que se llamó “El disco de los cuatro” junto a Cicatriz y otros grupos, donde ya aparecerían “Nicaragua Sandinista”, “El último ska de Manolo Rastamán” y su famosa “Mierda de ciudad”, versión de una canción de The Business. Tras ello es cuando la misma discográfica Soñua ofrece a Kortatu grabar un disco completo.
Sin ser ningún experto musical, cuarenta años después a mí el disco me sigue pareciendo un trabajo muy sólido y que ha soportado el paso del tiempo con bastante dignidad. Canciones de apenas dos o tres minutos, sin grandes artificios, pero potentes y directas. Guitarras afiladas, bajo y batería bastante bien ejecutados y muy ajustados a lo que pide cada canción, y voz que pasa de la combatividad y la arenga a tener un aire festivo cercano a la charanga, con alguna inclusión de trompeta que es todo un acierto.
El disco se inicia con un tema de ska puro donde el bajo suena espectacular. Es “Don Vito y la revuelta en el frenopático”, quizás mi canción favorita del grupo junto a “Zu Atrapatu Arte”, una de las canciones del disco cantadas en euskera. La canción se inspira en el personaje de tiras cómicas Don Vito, creado por el historietista Montesol, colaborador de revistas con El Víbora, Cairo o Makoki. Por ahí anda esa “asamblea de majaras”, que años después mucha gente seguimos clamando y que da nombre a colectivos, organizaciones e incluso juegos de mesa. Estas referencias al comic no son las únicas, también aparecen en otra canción de tono más punk, “Mr. Snoid entre sus amigos los humanos”, basado en un personaje de cómic contracultural de los 60.
otras reseñas claras que aparecen en el disco son las referencias a los conflictos internacionales con “Nicaragua sandinista” o con la canción que cierra originalmente el álbum, “Desmond Tutu”, con sonido más dub o reggae que le encaja a la perfección. Tirando un poco de historia, Desmond Tutu fue el primer arzobispo anglicano negro de Sudáfrica y Nobel de la Paz en 1984. En la letra Kortatu señalaba de forma un poco simplista la hipocresía occidental de ese premio estando aún Mandela entre rejas. Sin embargo, con el tiempo llegaría lo que para mí es una cierta “reconciliación” de la canción con el personaje, ya que con los años Desmond Tutu acabaría siendo un referente tanto para la izquierda abertzale como para el independentismo catalán tras
apoyar el referéndum del 1-ti. La vida poniendo las opiniones en su sitio, ¿a quién no le ha pasado algo similar?
Por supuesto, este trabajo y toda la trayectoria de Kortatu no se entiende sin las referencias obvias al conflicto político y a la lucha armada. ¿Activismo o propaganda? Eso ya queda al gusto de cada persona. Por ejemplo, en “Tolosa iñauteriak”, que se inicia con unos toques de música tradicional, aparece ese discurso político afilado y directo. Discurso que llega a su punto álgido con “Hernani 15/6/84”, canción que cuenta un enfrentamiento de la Guardia Civil con militantes de ETA que acabó con la muerte de dos de ellos calcinados por una granada. Esa rabia también aparece en “Sospechosos”, para azotar el ya comentado Plan ZEN ideado por Barrionuevo, aunque en esta ocasión con un tono musical más festivo.
Y cómo no hablar de las que quizás sean las dos canciones más populares de Kortatu, casualmente ambas versiones musicales. Por un lado, su famoso “Jimmy Jazz” de The Clash y, por el otro, su “Sarri sarri”, versión acelerada del reggae clásico “ChaƩy chaƩy” de Tools and the maytals. Ésta última cuenta la historia de dos presos etarras que se escaparon de la cárcel de Martutene escondidos entre los altavoces del cantautor Imanol Larzabal tras un recital. Este cantautor, defensor de la cultura y lengua vasca, encarcelado y posteriormente exiliado en época franquista por su militancia, decidió abandonar Euskadi en los años 2000 por los vetos y amenazas de ETA tras denunciar el asesinato de Yoyes y participar en homenajes en su honor junto a artistas como Rosa León, Sabina, Aute, Labordeta o Luis Pastor. Otra historia potente que invita a la reflexión.
En definitiva, rock, ska, punk, reggae de bastante nivel amenizan un discurso político crudo y directo basado en la combatividad callejera de ese Euskadi en llamas de los 80, muy distinto al que se mostraba en las creaciones culturales del resto del Estado. Una mirada a la calle, con letras tan directas y cortantes como su sonido. Sin duda, un testimonio de la época que permanece vigente como manifiesto sonoro de ese tiempo y de ese territorio.
Para terminar, recuerdo que Albert Camus decía que cualquier creación auténtica es un regalo al futuro. Y este álbum, cuatro décadas después, ha sido sin duda eso para mí, un regalo de mi pasado a mi futuro, el regalo de una mirada con ojos bien abiertos a lo que esconde cualquier creación cultural que nos empapa en algún momento de nuestra vida. Aprender del pasado para afrontar un futuro que aparece más amenazante que nunca, y que la cultura sirva para provocar de forma humanista una pequeña revolución en el frenopático ante cualquier asamblea de majaras que nos quiera imponer lo que no somos ni queremos ser.

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