María y el profesor
María estaba devastada. Hoy se despedía el profesor: el gobierno ya le había entregado la expulsión oficial en su sobre lacrado con el sello de águilas del ministerio de la guerra.
Ginebra había amanecido azul y reluciente tras la noche de lluvia. Las tejas de las casas eran lingotes de oro y las hojas de los árboles todavía chorreaban arco iris. En estos raros días de otoño de cielo sin nubes el profesor solía dar la clase en el parque, paseando.
Ahora era un enemigo del estado y tenía que abandonar la facultad de medicina y el país. Le habían perdonado la condena a muerte por sus servicios a la humanidad.
María lo encontró en el aula. Estaba solo, sentando en su mesa, tomando el sol frente a la ventana con los ojos cerrados.
Se acercó a él. Sus pasos gotearon con estruendo bajo la vieja bóveda. Vio que acariciaba la madera con sus manos grandes.
-Lo siento, profesor. -se lamentó, y se echó a llorar.
Le abrazó la cabeza. El siguió sentado y le agarró los brazos con sus dedos fuertes.
-Estos tiempos enfermos pasarán, María.
-No. No van a pasar.
-Tus estudios seguirán con otro maestro.
-Es tan injusto.
-Que esto no te aleje de lo que quieres ser.
-Lo que quiero es ayudar a los demás.
-Lo harás. Serás una gran doctora y lo harás.
-¿Y que hago si, como ahora, nadie se deja ayudar?
Se quedaron callados. Las briznas de polvo amarillo danzando a su alrededor. Fuera, una fragua de colores en erupción. Para ambos, un día desolador, inagotablemente triste.
-Últimos deberes. -anunció el profesor, y se levantó, se separó de María y le secó las lágrimas con los pulgares-. No te envilezcas. Ese es el examen más duro que hay que pasar en la vida.
Abandonó la habitación sin mirar atrás.
La noche anterior María había cruzado sola, con una lámpara, al territorio de los monstruos. Todos los gobiernos los llamaban así: los monstruos.
Los soldados del puesto fronterizo, exhibiendo infantiles sus armas de fuego, la invitaron teatralmente a pasar.
-Traidora. -le espetó uno que fumaba.
Empezó a llover cuando se detuvo frente al bosque. Allí, tras los tocones, la esperaban. Vio un puñado de siluetas disueltas entre las ramas y el vapor.
-¿Por qué pediste una audiencia con nosotros? -le preguntó una voz masculina y antigua.
Creyó distinguir a su dueño: era el único del grupo que relucía bajo la Luna. Parecía estar envuelto todo él en una mortaja clara.
-Sólo he venido a deciros que mi amigo el profesor nunca os ha traicionado. -balbuceó firme María-. Él ha querido siempre lo mejor para todo el mundo.
-¡Qué valiente jovencita! -la admiró con sorna otra voz, ésta de mujer.
Vino un silencio de muchos segundos. Sólo burbujeó la lluvia en la tierra.
-Sabemos que no es un traidor. -concluyó la voz masculina-. Puedes irte.
-Gracias.
María se dio la vuelta.
Fue en el camino de retorno cuando ya escuchó a su corazón por encima de los zigzags de la noche y cuando se dio cuenta de que tenía las manos agarrotadas de terror.
-Les has pedido que no maten a tu puto profesor. ¿Verdad? -la señaló un soldado en la frontera.
No le contestó.
Siguió caminando.
-Traidora de mierda.
Antes de dejar Ginebra, el profesor visitó al alcalde. Le flanqueaban dos guardias en su despacho empapado de luz.
-Ha venido a decirme que esa alumna suya, María, no es una traidora. -fue la frase con la que éste le recibió sin levantarse de su escritorio.
-Así es.
-¿Sabe que anoche fue a hablar con gente de su pueblo?
-No.
-Los de la frontera me informaron.
-No lo sabía.
-Cuando estemos en guerra ya nadie podrá cruzar al otro lado y eso que ha hecho tendrá una pena grave.
El profesor avanzó un paso. De pie y gigante frente a la mesa del alcalde, lo ensombreció.
Se percató de que el político temblaba ligeramente. También notó pálpitos inseguros en los dos vigilantes.
-Esa chica no será tachada de traidora, profesor. Estése tranquilo.
-Gracias.
-Lo siento mucho. Lo siento mucho todo.
-Tiene motivos para sentirlo. Usted y los suyos. Y yo y los míos.
El profesor salió de la oficina.
Los soldados de la frontera lo observaron cruzarla en silencio, apretando sus rifles.
María vagaba por el barrio de la universidad. Estaba desierto: las clases se habían suspendido. Los periódicos lo anunciaban en los kioscos: la guerra contra los monstruos iba a estallar.
Había pintadas húmedas en las paredes de la facultad de medicina. “Monstruo”, decía una. “Fuera engendros de la universidad”, se leía en otra.
Un soldado la detuvo.
-Tú eres la amiga de ese profesor.
En los ojos de la joven encontró un incendio.
-Y siempre lo seré.
-Aquí no queremos a amigos de esas bestias.
El militar dejó escapar una risotada. En su brazo, la banda del ejército y su nuevo lema: “Proteger y cazar”.
-Él no es una bestia. -María le sostenía la mirada-. Él ha protegido más vidas de las que tú nunca protegerás. Ahora, fuera de mi camino.
El profesor dejó atrás el bosque y entró en el castillo del gobierno.
-¡Aquí llega Prometeo! -se burló Carmilla al verle en la sala del congreso.
Él la ignoró y se colocó frente las gradas llenas.
-Buenos días, profesor. -le saludó Imhotep, el presidente.
-Buenos días.
-Anoche recibí a tu alumna en el bosque.
-Lo sé.
-¡Se la veía muerta de miedo! -añadió Carmilla-. Pero fue valiente, no se puede negar.
-Vino a decirnos que no eras un traidor. -continuó Imhotep.
-Y no lo soy. -ratificó el profesor.
-Lo sabemos. Pero no volverás a cruzar al otro lado.
-Es una pena.
-¡En qué lío nos ha metido el ego de ese Drácula! -se lamentó, rutilando sus escamas en su cuba de agua, una criatura del pantano.
-¿A quién se le ocurre tratar de conquistar Londres? -se quejó Carmilla-. Por su culpa los malditos humanos nos descubrieron a todos. Ese arrogante tendría que haber sobrevivido sólo para que lo hubiésemos ajusticiado aquí.
Un licántropo señaló con desprecio al profesor:
-Y luego éste les regaló la cura de la polio y de la sífilis.
Los demás licántropos gruñeron.
-También os regalé a los hombres lobo la pócima lunar. -el profesor se encaró, sereno, con todos ellos, uno a uno.
-Y a los vampiros la sangre artificial. -reconoció el Conde Orlock, siseando con sus dientes conejunos, tiritando los picos de sus orejas.
-No obstante, ayudó a los humanos. -insistió un golem.
-Es que él es un humano. -señaló la criatura del pantano.
-Yo soy un ser vivo. -afirmó el profesor-. Y ayudaré a todos los seres vivos.
-¿Y por qué no quieres crear armas para nosotros? -le echó en cara una gárgola.
-No diseñaré nada que sirva para matar.
-No necesitamos sus armas. -lo despreció Carmilla-. Cualquier vampiro rompe a un humano como se rompe una cáscara de nuez.
-Y cualquier hombre lobo también. -le respondió otro licántropo-. Pero ellos son cientos y quieren exterminarnos.
-¿De verdad os da tanto miedo su plata?
-Como a vosotros la luz.
-La noche nos vasta para quitarnos a esa escoria de encima.
-¿Y por eso teníais que depender de ellos durante el día?
-¿Lo dices tú? ¡Hacen alfombras con vuestra piel!
El licántropo le enseñó los colmillos a Carmilla y ella hizo emerger también los suyos.
-¡Parad de una vez! -les ordenó Imhotep.
Se dirigió al profesor:
-Profesor Frankenstein: no te vamos a tratar como a un traidor por tus grandes aportaciones para con nosotros, tu pueblo verdadero. Personalmente, no olvidaré que curaste a muchas hermanas momias enfermas de sequedad. Pero has vivido con los humanos demasiado tiempo y tienes que ser reeducado. Puedes retirarte.
-No me llamo Frankenstein.
Lo dejaron solo en la sala.
-Todos habéis destrozado el mundo. -musitó en la quietud de piedra-. Vosotros y los humanos. Todos habéis provocado esta guerra.
Hace años, el profesor, un recién nacido con cuerpo adulto y mente superdotada, perdido y perseguido por su fealdad, conoció a María a la orilla de un lago. Era una niña y no tenía miedo de él. Juntos hicieron flotar flores en el agua. Jugaron toda la tarde. Fue ella quien dijo a los demás humanos que él era bueno.
Tiempo después, cuando Viktor, el padre del profesor, ya había muerto, María y él se reencontraron en la universidad. Ella quería estudiar medicina y él era su maestro.
Esa noche, un soldado disparó en la calle a María al grito de “¡Traidora!”. La mató. Quienes estaban cerca dijeron que no habían visto nada, que estaba muy oscuro.
Esa noche también, unos licántropos atacaron al profesor y lo separaron en los trozos originales de los que había sido construido. Nadie vio nada tampoco.
A la mañana siguiente, los monstruos y los humanos se declararon oficialmente la guerra.

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