Habitación Propia – Desde la sororidad a la paz
El mes de enero suele estar marcado por la efeméride de la paz.
Me resulta imposible comprender la guerra. No encuentro ningún motivo para poder declarar una guerra. Créeme si te digo que hago el esfuerzo. En mi incesante interés por comprender la maldad, el odio, el rencor, el sadismo o la violencia en todas sus formas, al menos como lógica y estrategia para liberar a la sociedad de ellas, me pregunto cómo se puede perder tanto la humanidad como para llevar a una población entera al desastre de la guerra.
Pero nada, es inútil. No lo consigo.
Y a pesar de que no me planteo la igualdad y los derechos humanos como una guerra de sexos, sí me pregunto, cómo afecta la masculinidad y el patriarcado en la composición de la guerra. Hay varias cuestiones que se me ocurren que tienen que ver y formar parte, a mi parecer, de esa influencia. Por un lado, la división sexual del trabajo y la socialización por sexos. Construir sociedades basadas en conceptos de este tipo sólo fomentan la división, el individualismo, el ansia de poder, la diferencia y construir desde la desigualdad.
Enfocarse desde lo que nos une, las buenas prácticas y las potencialidades de las personas independientemente de su sexo o género, requiere de un proceso mental e intelectual más elaborado, que incluye desprenderse de algo por un bien mayor y común. Por otro lado, los ritos de paso. Esas pruebas reales o simbólicas, que se han tenido que pasar desde tiempos inmemoriales para sentir pertenencia. Y de este modo, se han conformado unas masculinidades excéntricas, tóxicas y violentas, frente a unas feminidades dóciles, sumisas, disponibles, sexualizadas e infantilizadas.
Por último, la violencia y el ejercicio del poder a través de ello. Podría equivocarme muy poco si digo que la violencia está más inoculada en los hombres, justamente porque ha sido una herramienta para resolver las diferencias y aprovecharse de sus privilegios. A pesar de todo esto, siempre han existido personas que lo hicieron diferente. Tal vez, pudieran ayudarnos a salir de esas dicotomías.
Y ahora sí, me vienen a la cabeza referentes.
Nelson Mandela, o Martin Luther King, pasaron a la historia como hombres que abrazaron la paz y el entendimiento de las personas. La lucha (la palabra en sí ya pierde el sentido y la razón, pero para entendernos) no eran las armas o la violencia, sino la ocupación de los espacios públicos, la paz, el diálogo y la defensa de los derechos humanos. Esto los llevó a ser consecuentes con unos ideales superiores ética y moralmente, llegando incluso a la pérdida de libertad o la muerte para defenderlos.
Pero hay otras referentes que no quiero dejar de nombrar y que me parecen imprescindibles para hablar de paz mundial: Rigoberta Menchú Tum, una mujer indígena, con una historia de violencia, persecución y tortura en su familia, que acabó siendo Nobel de la Paz por su activismo pacífico en defensa de las personas más vulnerables; Rosa Parks, una mujer afrodescendiente en plena era de segregación americana, que consiguió hacer cambiar el sistema y señalar la discriminación tan sólo sentándose en un autobús público cuando estaba prohibido para las personas negras; y Malala Yousafzai, una niña, que sólo quería poder estudiar en Pakistán y que se convirtió en referente mundial por la paz y la educación, acuñando la frase “una niña, una maestra y un libro, pueden cambiar el mundo”.
Miguel de Unamuno, quiso inventar una palabra que significara hermandad entre mujeres, distinguiéndola y diferenciándola de la fraternidad masculina (empañada por el frater, masculino, sólo para hombres). Y ya a principios del siglo XX, en el prólogo de La Tía Tula y en su artículo Caras y Caretas (1921), explicó el término sororidad, sin que aún fuera un concepto de la causa feminista. Lo hizo desde la mitología griega para dirimir la propia justicia. Utilizó la leyenda de Antígona frente al tirano Sófocles, en la que afirma que no se debe juzgar desde las diferencias sino desde la igualdad, aplicar la ley de la conciencia sobre las leyes civiles del tirano (1).
Si no existen mujeres y colectivos vulnerables que sufren o han sufrido diferentes discriminaciones en los lugares de toma de decisión colectiva, difícilmente podrán incorporar sus malestares y sus sentires para que sean tenidos en cuenta en la construcción de sociedades más igualitarias y pacíficas.
Lo que sí puedo afirmar con acierto casi al noventa y nueve por ciento, es que ninguna mujer ha declarado una guerra. Mientras que sí forman parte de los cuerpos diplomáticos como técnicas y expertas, con un aumento significativo, cuanto más nos acercamos a la igualdad real (2).
Me pregunto entonces si será que el feminismo siempre buscó la igualdad como forma de vivir en paz. Si será que, desde el feminismo se protegen los derechos humanos teniendo en cuenta a todas las personas, si será que el feminismo señala no sólo las discriminaciones que sufren las mujeres en todo el mundo y la interseccionalidad, sino los daños que el sistema patriarcal y el machismo presente en él provocan en los propios hombres, niños y sociedades.
También me pregunto, si es verdad eso de que la paz se construye en las escuelas, valorando lo diferente, la memoria histórica, la divulgación cultural, el respeto, los cuidados, la no violencia y la cultura de la paz.
Recordando a Jacinto Benavente, en mi caso, me sentiría tremendamente halagada de hablar “a tontas y a locas” y expresarme sin tapujos, eludiendo el mandato de que calladita estás más guapa, para decirte bien alto que, cuanto más aprendo y más leo, más me cuesta entender la guerra y los comportamientos de los hombres que nos llevan a ella y, por ende, más feminista me siento.
A lo mejor, la unión de las personas feministas, lo que Unamuno llamó sororidad, es el único camino posible hacia la paz.
(1) Citado del libro Clara Victoria de Isaías Lafuente, página 202 y 203.

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