Un poema y una historia triste
TEORÍAS
En la medida del tiempo
me acechan las más diversas teorías de ser
creo que existe algo equivocado a lo lejos
atrás
en la memoria
y es por eso que
los árboles duermen intranquilos
y el aire se resiste al trueno
y las salamandras huyen de mis manos.
SEÑALES
Podría haberle ocurrido cualquier otro día; pero no. Vino a asaltarle ese día sin viento, de calma aérea, ese día en que ninguna circunstancia era propicia para que una mota se metiera en su ojo.
Sucedió de improviso. La mota revoloteó un instante en sus pestañas y fue a parar a un lugar indeterminado del globo izquierdo. La sensación fue instantánea: malestar, emborronamiento, parpadeos continuos, lágrimas saliendo sin cesar, incomprensión absoluta, caos en el sentido más oscuro, cuando el azar queda por debajo y no influye en nadie/nada concreto, pero sí en alguien/algo inconcreto como él.
Y en un principio él reaccionó como cualquiera. Se llevó un dedo al ojo y se frotó muy despacio, luego intensamente, hasta enrojecer la parte blanca, hasta que esas frágiles venillas cedieron a la mecánica y la actividad de su dedo en el ojo.
Tras comprobar que de esa forma era inútil, lo intentó con un pañuelo; sin embargo sólo lograba sacar legañas enormes y humedad y algún pescadito despistado que se asfixiaba al momento en la punta doblada.
Entonces decidió pedir ayuda. Eligió a una mujer mayor que cargaba innumerables bolsas, un carrito, un paraguas y un inmenso bolso color crema. La mujer no puso inconvenientes. Dejó toda la carga en el suelo y comenzó a inspeccionarle el ojo. Se lo abría afanosamente, dueña de una sabiduría antigua a la hora de abrir ojos. Le decía que mirara para un lado, para el otro, que dónde le molestaba, que probablemente fuera una pestaña y, finalmente que no veía cosa alguna.
A pesar de la errada tentativa, él le dio las gracias y se ofreció amablemente a cogerle las bolsas; pero la mujer desconfió. Le dijo que no hacía falta. Él no insistió y se despidieron.
El ojo le palpitaba, llenito de temblores. Le latía el corazón en las pupilas, como si algo desde dentro hurgara en él. No hallaba explicación. El asunto se le escurría del todo. Era como aquella mancha en una pared de la calle del Desencanto, que a determinadas horas de la noche parece una muchacha con un gorro azul que mira con tristeza el cielo, o aquel escaparate próximo al metro Prosperidad, en el que se exhiben peceras saturadas de fruta, canicas, cazamoscas, medicamentos y otros productos inverosímiles (al menos si se asume aquel cartel que indica: ZAPATERÍA LÓPEZ)…
No, no había manera de explicarlo. Tenía una sensación de vacío dentro del ojo, como de ausencia; un pinchazo que le estuvo acompañando toda la tarde.
Cuando regresó a casa, ni siquiera le quedaban ganas de cenar. Directamente se fue a dormir. Y esa noche soñó que ella regresaba… y le soplaba tiernamente el ojo dolorido… y la mota se deshacía como un grano de sal en el cauce profundo de sus manos.

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