El cuento de Ayla
Un día a mi abuela le prometí que escribiría un cuento. Yo no soy escritor. Yo hago lo que suelen hacer las personas normales. Tampoco sé si soy una persona, y ni tan siquiera sé lo que suelen hacer las personas normales. Ayer fui al hospital.
Un hospital sirve para muchas cosas. A un hospital se va, creo, cuando uno se encuentra mal según dictamen facultativo, también cuando uno se encuentra bien y trata de hacer que los demás se encuentren bien. Cuidar de las personas o hacer una visita a las personas que te atañen, en ocasiones sólo se va por el hecho de quedar bien. Un hospital sirve para muchas cosas, también para conocer a Ayla.
—¿Cómo dices que te llamas?
—A, Y griega, Ele, Aaaaaa, siempre lo mismo.
Y ello lo dice mientras retuerce el morrito y saca la lengua dibujando caminitos de color. Ayla trata de dibujar una postal dedicada a una enfermera, que le regaló unas cuantas hojas de papel y tres rotuladores, uno naranja, otro amarillo y un tercero violeta.
—Tendrás que poner tu nombre al final de tus caminitos de color, Ayla.
—¿Para qué? Si soy yo quien se lo va a dar.
Aun así, al final me dice: Valeeeeeeeeeee.
Y pone su nombre con rúbrica y todo, con una rúbrica garabato que impide ver su nombre, supongo porque en el fondo da igual, ya que ella es quien se lo va a entregar.
Ayla está sentada sobre la cama de su bisabuela, la señora Antonia. La señora Antonia es de Córdoba y tuvo una vida muy desgraciada, o no. Su marido tiene mundo cerebral bipolar y la intentó matar en la cocina un día en que la señora Antonia rebozaba la merluza. Ayla dibuja en un folio que le regaló la enfermera caminitos de color sobre la mesa portátil en la que su bisabuela suele comer.
A la señora Antonia le encanta leer y ver películas. Esta mañana vio en el ordenador que le trajo su nieta, la madre de Ayla, Siete apellidos vascos y a continuación El Hobbit. Primero se reía, luego fantaseaba con las historias de Tolkien. Me confesó que se había tragado todo el serial de El señor de los anillos, eso sí, después de haberse tragado los tres volúmenes al completo. Para comparar, me confesó. La señora Antonia tiene miles de motivos para sentirse desgraciada, sin embargo luce una sonrisa que rompe la habitación del hospital. Todo eso a Ayla parece traerle sin cuidado. Ayla se dedica a escribir notas sin parar. La habitación tiene una triple ventana desde donde se ve el mar.
La madre de Ayla me confiesa que esta niña siempre anda escribiendo notas. Notas que indican que no sea leída la siguiente hasta leer la nota anterior. Un camino o un laberinto sembrado de notas. Ayla se imagina un juego de notas para llegar a leer la última nota, en la cual confiesa cosas parecidas a que le echó de menos esta mañana al despertarse. La madre de Ayla también me confesó que tuvo un accidente de moto con dieciocho años, que la arrolló un camión y quedó imposibilitada para el resto de su vida. Ahora se dedica a la Ayuda Social. Le encantan los pasteles, pero prefiere no comerlos ya que está llena de michelines, más que las ruedas del camión que la arrolló.
Ayla se fue a comer spaguetti con Alberto. Alberto no es su padre, es la pareja actual de su madre. Alberto es un chico moreno con barba y con gafas que cuida de Ayla imaginando que es su hija Ayla. Cuando regresó dijo que era muy feliz, que había comido spaguetti y que lo había pasado genial. También dijo que se había acordado de su madre y de su bisabuela. Y mucho.
Ayla se me acercó después y me pidió que le enseñara como funcionaba el mando a distancia de las camas reclinables del hospital. Subir. Bajar. Cabeza. Tronco. Extremidades.
—Ya lo pillo. Ya lo pillé. Pero si es muy fácil, mira Alberto qué fácil es.
Ayla no para de preguntar cosas mientras mira hacia otro lado y hace otras cosas. <<¿Qué es ser un pato?>> Pregunta cuando su madre dice: Parezco un pato. <<¿Qué es dar el alta?>> Cuando su madre dice: Mañana te darán el alta. Ayla no para de preguntar cosas y de hacer cosas mientras siempre mira hacia otro lado, como un microbio.
La señora Antonia tiene un hijo drogadicto, ahora anda en estado deplorable, se reúne con sus amigos ahí cerca, en un corro, como en el corro de la patata deplorable. También tiene otra hija, con trencitas en el pelo, muy educada. Antes llevaba rastas. Cuando tuvo a su hijo, el tío de Ayla, en un hospital le destrozaron el esfínter. Ahora es pensionista desde los treinta y pocos. El tío de Ayla solo tiene un par de añitos más que Ayla.
Ayla sale cada dos por tres a ver el Belén. Entra para contar a nadie cómo son las gallinas, y las vacas, y la señora esa rara que asa castañas. Del portal, de la Virgen y del Niño no dice nada. Antes de salir a ver el Belén su madre le dice: Ayla, no toques nada, y por favor habla más despacio, y no cantes. Luego me mira y me dice que le encanta que su hija cante, pero que no cree que sea el lugar adecuado. No sé si lleva razón.
La señora Antonia tiene otra hija, la abuela de Ayla. Tiene cincuenta años y también lleva trencitas en el pelo. Lleva desde los treinta y cinco viviendo en la cama, sólo sale de ella en momentos imprescindibles. Tiene una extraña enfermedad que sólo produce dolor, se endosa decenas de pastillas al día y también tiene muchos gatos.
Ayla sale al pasillo. A mí me apetece salir al pasillo también y veo a Ayla agachada, mirando un árbol de navidad. Le explico que está hecho de frasquitos de antibióticos en círculos concéntricos de mayor a menor. Unos pintados de verde claro, otros de verde oscuro. Cada círculo de una tonalidad. Y me dice: Ya, oscuro, claro, oscuro, claro hasta el final, mira el final tiene un color claro y sólo hay uno, ya lo pillo.
Ayla me cuenta que cuando era pequeña, en la guardería no tenía amigos, pero que allí había bandejas iguales que las que en el hospital hay para dar de cenar a los enfermos. Me cuenta que ella se ponía en la fila para que una señora le dejara la comida y un vaso de agua, y que siempre el vaso de agua se le derramaba antes de llegar a su sillita. También me contó que ahora, en el colegio tiene amigos, y dos, bueno tres, son del Real Madrid, pero me hace una observación con el dedo y me indica que ella también es del Real Madrid, pero no porque del Real Madrid sean sus dos, bueno tres amigos del colegio. Ella lo pensó antes. Su madre es del Athletic de Bilbao, aunque antes se equivocó y me dijo que era del Valencia. Yo le digo que también soy del Real Madrid y que vivo en Madrid y que alguna vez vi al Real Madrid jugar en su campo de futbol, en directo. No le impresiono con ello y le pregunto si ve por televisión los partidos del Real Madrid y me dice: Oye, yo no miro el futbol, yo lo juego.
Ayla es una niña-microbio de siete añitos y en tres minutos me contó su vida. Ayla vive en Castellón y queriendo o sin querer me hizo ayer feliz, y también me arropó un poquito el corazón.
En la habitación, Ayla hace uso de su sabiduría con el mando a distancia en la cama de su bisabuela. Subir. Bajar. Cabeza. Tronco. Extremidades. La señora Antonia se ríe aunque tiene una pierna, la izquierda creo, llena de placas y de tornillos. Por pierna tiene una central siderúrgica y con ella cojea cuando camina, pero nunca pierde la sonrisa que llena la habitación. Luego Ayla descubre que los sillones se pliegan para convertirse en cama y pide ayuda para ello. Su peso le impide conseguirlo. Al final se convierte en mariposa que no pesa, pero pesa demasiado, y se posa en el cabecero; por fin consigue que su sillón se convierta en cama y suspira.
La señora Antonia y toda su familia es feliz, y su sonrisa denota que no hay motivo para no serlo. Ayla no entiende nada de todo eso, pero también es feliz. Mañana se irá a Ciudad Real, con su padre, a ver a sus primos y a sus abuelos. Yo le digo que no olvide echarse un abriguito ya que Ciudad Real no está bañada por el Mediterráneo, Ciudad Real está bañada por el frío. Ella me mira. No sé lo que piensa, pero me dice: Valeeeeeeeeeeeeeee.
A mi abuela, un día, le prometí que escribiría un cuento. Yo no soy escritor, pero ayer estuve en el hospital y conocí a Ayla.
Caminitos de color.

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