El peor poema del mundo
El tipo que se parecía a Roberto Bolaño
me miraba por encima de sus gafas
desde la mesa de enfrente.
Me puse terriblemente nervioso
y no podía dejar de juguetear con la cucharilla del café
entre mis manos y con los dedos que allí se escondían.
Sin levantarse y mirándome por encima de sus gafas
empezó a hablarme.
Desde la mesa de enfrente, como si nada más en el mundo existiera.
¿Qué le ocurre, amigo?
Le noto inquieto. ¿Problemas?
Usted no sabe nada, usted no sabe tan siquiera que ni usted ni yo existimos.
Los problemas son mensajes que nos envían los muertos
porque no tienen otra cosa mejor que hacer allí en su cueva
y se entretienen en enviarnos mensajes de broma.
Yo podría hablarle de países perdidos y de sueños ganados.
También podría hablarle de perros románticos
o de habitaciones de madera o de pulmones tropicales.
Pero prefiero no hacerlo, prefiero observarle por encima de mis gafas.
Por encima de mis gafas sucias y lascivas que como ninfómanas al anochecer
imaginan hacer carreras desnudas con las liebres del desencanto.
Le noto inquieto, amigo.
Sé que no es mi problema, pero quiero que sepa que tampoco es su problema.
Quiero que sepa que un día tuve yo un profesor de matemáticas
que en lugar de dictarnos los problemas nos dictaba las soluciones.
Una mañana el pobre apareció acribillado a balazos en medio del patio del colegio.

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