Lo que nos asusta
Ayer por fin tuve el valor de dar una vuelta a la manzana. Al pasar junto a las ambulancias me crucé con el joven sin futuro. Me habló de la falta de oportunidades, de la imposibilidad de tener tu propia casa, del alcohol y de las drogas y de la cuchilla. Lo dejé atrás entre suspiros de pesar. Frente a la floristería me asaltó el adulto resignado. Que si no quedaba trabajo digno para las personas de su edad, que si la lista de espera en la sanidad pública se alargaba eternamente, que si no llegaría a cobrar la jubilación, que si había sido buena idea lo de meter la cabeza en el horno. Eché a correr, pero en la entrada de urgencias me detuvo la anciana abandonada y me contó lo del desahucio y los gritos y el salto al vacío desde la terraza. No tenía yo estómago para más espíritus, así que retorné al hospital para cantar mis letanías y aparecerme a los pacientes. Eso es lo que hacemos los fantasmas clásicos, esperar en nuestro rincón y provocar sobresaltos que, al día siguiente, los incautos ya han logrado olvidar. Que estos otros, los fantasmas modernos, los que te cuentan verdades como puños aunque prefieras no escucharlas, te asaltan en plena calle sin avisar y te quitan las ganas de vivir.

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