Los martes son animalitos con las orejas tiesas
Recuerdo, a veces, el tiempo en que aprendía a leer en las cartillas. Recuerdo que entonces era un gigante y que la señorita, creo que se llamaba Marijose o Mariluz, era rubia y bajita. Olía bien y, pintada la cara con potingues de mujer, me parecía que era guapa. Llevaba una falda y unas botas negras y al salir de clase, en la montaña de Vázquez de Mella, me deslizaba a tumba abierta destrozándome la culera de unos pantalones del siglo pasado.
Recuerdo que pensaba que estaba aprendiendo a leer, pero no sabía lo que significaban las palabras; sólo pensaba en lo que podrían significar aquellas palabras allí escritas, pero no pensaba en el resto de las palabras del mundo que traducidas a través de los filtros de la lengua, de los dientes, de los labios y de la epiglotis, podrían llegar a significar.
Fue más adelante, en los tiempos en los que veía a los galgos de los gitanos chapurretear en la laguna que formaban las lluvias, cuando empecé a distinguir la diferencia entre el lenguaje oral y el lenguaje escrito. También el ladrar de los perros.
Luego dudé de los símbolos y de todo lo que nos enseñaban en la escuela, mientras me obsesionaba por el olor del panecillo y de la chocolatina que José Ramón guardaba en su cajonera. En la escuela nos enseñaban sólo las cosas que nos querían enseñar, no las cosas que queríamos aprender. Entonces comprendí las cosas. Nunca se lo dije a nadie.
Me decían que las semanas tenían siete días y, con toda la autoridad del mundo, me decían que esos siete días tenían nombre. Los días de la semana, me decían. Yo nunca creí en los nombres y mucho menos en los nombres de los días de la semana.
La semana es una monja oscura, diarreica y reprimida que esconde debajo de sus faldas un montón de hijos a los que pone nombre, como el que hace bufandas de lana o hilvana agujas de punta roma. Los martes, en concreto no son días de guerra, los martes son animalitos que tienen las orejas tiesas.
No me duelen prendas al confesar que siempre me llamó la atención eso de las palabras, y sobre todo, a eso que las palabras nos conducen, como engañándonos a aprender Historia o Ciencias o Lógica o Reglas de Comportamiento; también Idiomas.
Un día me subí a un árbol que parecía un ring de boxeo, con lona áspera y versátil, para tratar de ver el horizonte que se escondía más allá de la iglesia y de los tejados de las casas paganas. Para ello, muy despacio, me arrimaba al extremo de una rama que temblaba. Me mordía la lengua, y los dientes y los labios, también la epiglotis, mientras me encaramaba. La rama se fue inclinando, como subordinada, y sin metáfora me deslicé por inercia, o por absoluta Ley de la Gravedad hasta el suelo lleno de arena, piedrecitas y escarabajos de papel. Y me rompí la muñeca otra vez.
Las palabras no encierran palabras, ni letras desordenadas. Las palabras no encierran significados, ni significantes, ni puentes de cristal. Las palabras son mentiras soñadas, para pintarlas del color que tienen las alas de las sombras que, sin querer, escondes entre los versos que no te atreves a mostrar.
José Ramón nunca compartió conmigo su panecillo, ni su chocolatina, aunque yo siempre le ganaba cuando jugábamos a echar carreras.

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