Nostalgia
Hace poco escuché que hay palabras de las que se sabe casi su momento exacto de nacimiento. Nostalgia es una de ellas. Fue en 1688 cuando el joven médico suizo Johhanes Hofer acuñó el término (del griego “nóstos”, referente al regreso, y “álgos” al dolor), para describir la añoranza por el hogar que sentían los soldados, sensación que se convertía en patología que los llevaba a enfermar.
Que un término tan poético lo crease un médico no deja de ser irónico. Tendría mucho que escribir para expresar lo que significa la nostalgia en mi vida, pero no dejaría de ser una disección muy personal. Por ello, dejo que la ficción haga el trabajo que tal vez mi persona no quiere hacer. Pasen y lean. Y luego, si quieren, júzguenme.
…
Salía de casa cuando sonó el móvil y en la pantalla apareció el nombre de Martín-Sira. Martín era la pareja de Sira, compañera del barrio y del instituto, grato recuerdo de mi infancia y juventud, y una de las pocas personas que, aún sin compartir nuestro día a día, me acompañaba de forma permanente y sin grandes altibajos en ese paso infalible del tiempo que se llama vida. Lo que viene siendo una gran amiga, quizás la mejor.
—Hola Marcos, Sira se muere.
Los médicos habían sido pesimistas en los últimos tiempos, pero ni ella ni su entorno habíamos querido escuchar. Habían sido meses de diagnósticos ambiguos, tratamientos y empeoramientos repentinos, pero aún con esas dificultades nadie se había preparado para este momento. Al menos yo no lo había hecho.
En ese instante las palabras flotaron en el aire, vacías y contundentes, y las escuché sin asimilarlas. Recuerdo que me puse de cuclillas en plena calle, como buscando que aquella incómoda postura esquivase la noticia que mi cuerpo se negaba a recibir. No supe qué decir más allá del algún “pero?…cómo?…uff” y un último “lo siento mucho” antes de colgar y echar a llorar.
El día fue largo, tanto como para empezar a procesar todo lo que estaba ocurriendo. Había ingresado una semana antes aquejada de dolores que no parecían presagiar nada más allá de un empeoramiento temporal. Hacia cinco días había hablado con ella, estaba tan optimista como siempre, preguntándome por mis cosas más que respondiendo por las suyas. Estaba pendiente de unas pruebas que guiarían los pasos a seguir. Dos días después recibí un mensaje suyo contándome que tendría que pasar una temporada ingresada. Quedamos en que la visitaría cuando estuviera un poco más libre de pruebas. Lo siguiente que supe fue aquella llamada de Martín.
Sira se fue en apenas veinticuatro horas desde su sedación. Según me contó Martín lo hizo en paz, como era ella, dejando que su actitud amorosa hiciera el trance más sencillo a los demás.
Su despedida en el tanatorio fue un emotivo encuentro de familia y amistades a los que nos unía el amor por esa persona tan jodidamente especial. Ese día recordé nuestro barrio y esos lugares donde pasábamos las tardes a la salida del instituto, sobre todo el Parque del Alto en el que nos sentábamos oteando el horizonte de la ciudad que se extendía bajo nuestros pies.
El día del entierro Martín me dio una carta que había dejado para mí.
—Toma Marcos. Sira me dejo encargado que entregase notas a ciertas personas. Esta es para ti. Para ella eras alguien especial, me dijo emocionado.
Pronto supe lo que tenía que hacer con esa carta. En cuanto estuviese preparado para leerla me subiría al parque donde tanto tiempo compartimos y abriría ese sobre que contenía su último mensaje en vida para mí.
Y aquella tarde, tan necesaria como obligada, llegó pasados unos días. Nada más abrir el sobre sentí que ella estaba a mi lado. Acompañándome como antaño.
“Hola Marquitos. Contigo, que eres tan peliculero, me permito hacer esa broma de las pelis de que cuando leas esto yo ya no estaré en este mundo, aunque estoy segura que estaré en algún lugar que me permita veros.
Conociéndote un poco imagino que habrás esperado al momento y lugar adecuado para abrir esta nota. Hasta puedo imaginar que andas por ese parque en el que compartimos tantos momentos. Por allí también andaré yo, acurrucada en tu hombro mientras lees.
Estos días no han sido fáciles, pero si algo me ha enseñado el poder ser consciente que me voy es que solo tengo dos formas de despedirme de esta vida. O enfadada por todo lo que no he podido hacer, o agradecida por todo lo que me ha rodeado en esta aventura. Yo he elegido esta segunda forma y no por descarte, sino por convencimiento. Por eso solo puedo dar las gracias por todas las cosas y personas bonitas que me han rodeado en la vida. Como decía Alicia en el país de las maravillas el secreto de la vida es rodearse de personas que te alegren el corazón. Entre esas personas preciosas que me han alegrado el cuerpo y el alma estás tú. Siempre recordaré esas tardes a la salida del instituto en las que hablamos de lo divino y de lo humano, compartiendo esa juventud que pensábamos que nunca se nos acabaría. Gracias Marcos por acompañarme en este bonito viaje que es la vida. Te quiero mucho y seguro que seguiremos unidos de una u otra forma. Cuídate y rodéate de quienes te alegren el corazón”.
Cuando terminé de leer, giré hacía la derecha y besé la cabeza que sabía estaría apoyada en mi hombro. Entonces sonreí mirando al horizonte, sabiendo con certeza que desde ese momento Sira estaría de otra forma en mi vida. Ya no lo haría físicamente, pero lo haría de una manera bonita como también lo era ella. Lo haría en forma de nostalgia.
Desde entonces vivo instalado en la nostalgia y no reniego de ella. En el fondo (y te hablo a ti, Sira), porque yo no quiero superar tu perdida como muchos me aconsejan. No quiero dejar de extrañarte. Sencillamente porque la nostalgia nos recuerda lo que hemos tenido y ya no tenemos. Y yo, no quiero olvidarte jamás.

Los textos, imágenes y demás medios que se publican en esta web están sujetos a la licencia CC BY-NC-SA 4.0 salvo que se indique lo contrario.
Si te gusta puedes compartir...
