Porque en esta tierra ahora es Navidad
—Muy buenas a todos. Y a todas. No se me vayan ustedes a soliviantar con lo de la igualdad en los tiempos estos que corren —comienza el señor Gambusia desde el atril.
Mira a todas las personas reunidas en la sala de actos de Industrias Gambiteros S.L. esperando alguna sonrisa que le muestre que ha sido un comienzo gracioso pero solamente la dentadura de Ramírez parece en sintonía con el humor arcaico del presidente.
—Como ya sabrán, este año la empresa no ha podido repartir la clásica cesta de Navidad. No corren tiempos buenos para nuestras cuentas. La crisis aflora en cada rincón y estamos pasando por una época en la que en esta gran familia todas y todos tenemos que apretarnos el cinturón.
En diferentes lugares de la estancia comienzan a formarse pequeños murmullos y antes de que se origine una posible revuelta de opiniones Antoine Gambusia continúa su discurso.
—Sin embargo, y precisamente porque somos una gran familia, no hemos querido que en estas fechas tan señaladas la paz y el amor que se respira nos dejen de inspirar para realizar buenas acciones que demuestren que estamos construyendo un futuro mejor.
El murmullo comienza a crecer y a replicarse en lugares donde hasta ese momento reinaba el silencio. Aunque desde donde está Antoine y la junta directiva no se puede escuchar ninguna frase con claridad se puede adivinar por el tono y el volumen que la mejor estrategia a seguir es darse prisa y terminar cuanto antes.
—Es por eso que nuestra querida empresa ha realizado una donación de 200 euros en nombre de cada empleado de la misma a la asociación Borrando la pobreza, que como ya saben ustedes está presidida por mi querida hija Enriqueta Victoria.
Enriqueta, directora de marketing y finanzas, se adelanta unos pasos con intención de comenzar a hablar.
—¡Para pobreza la nuestra! —se oye al fondo de la estancia.
Entre los susurros parecen oírse unas risas e incluso una palmada a destiempo que muere sin llegar a convertirse en aplauso.
La primogénita de los Gambusia realiza el intento de dirigirse a los empleados. Antes de que pueda articular palabra alguna, el árbol de Navidad de la entrada comienza a moverse. Por si esto no fuera suficiente, para sembrar la sorpresa entre ella y la junta directiva, desde la zona donde se ha dispuesto un catering para el cóctel posterior comienzan a volar trozos de queso.
—Es un honor para la asoci… —arranca su discurso con fuerza pero un trozo de jamón impacta en su ojo derecho.
—Nos hace muy fel… —varios trozos de queso llueven sobre el estrado acompañados de gambas, algunos panecillos y bolas de decoración que provienen del árbol, que ahora parece bailar.
—¡Por favor! ¡Me gustaría transmitir mi agrad…! —platos enteros comienzan a caer sobre la peana que eleva a quienes llevan las riendas de la compañía y que ahora parece un cadalso.
Antoine Gambusia y las directoras y directores de los diferentes departamentos comienzan a bajar del estrado y a buscar una huida.
—¡Un momento! ¡Un momento! ¡Un poquito de …! —esta vez Enriqueta nota un impacto con algo que le cubre toda la cara. Un pastel de grandes proporciones con el logo de la empresa no solo le arruina su traje de raya diplomática con diseño exclusivo de Gluftër Cuah sino que la derrumba contra el suelo.
Para cualquiera que entre allí en este preciso momento la imagen a observar es la de un árbol danzarín que se mueve entre una lluvia de comida y vino espumoso mientras cientos de personas comienzan a apilar butacas en el centro del salón. Eso suponiendo que alguien pudiera entrar. La junta directiva cancela su maniobra de escape conjunta cuando descubre que las puertas están atrancadas. El hasta entonces unido grupo se dispersa a lo largo y ancho de la sala de actos en busca de una salida que no han logrado encontrar juntos.
—¡Cesta! ¡cesta! ¡cesta! —alrededor de las butacas una muchedumbre que se mueve entre las aguas de la ira y el descontrol comienza a danzar y a gritar en círculo. —¡Cesta! ¡cesta! ¡cesta! —continúan cantando y gritando mientras comienza a quitarse la ropa.
Desde el exterior del salón se incorporan más y más personas de la plantilla de Gambiteros S.L. al aquelarre. Las puertas de acceso, hasta ahora atrancadas desde fuera, comienzan a vomitar una riada de personas del equipo de mantenimiento hacia el interior de la sala. Entran con carritos llenos de latas de aluminio. Como si de un solo ser se tratara, la marabunta se sincroniza con ellos y les deja paso hasta el centro. Vierten el contenido líquido de todos los botes sobre la pila, se desnudan y se incorporan al gentío que sigue danzando y aumentando poco a poco el ritmo del baile. A estas alturas del espectáculo la práctica totalidad de la ropa reposa junto a las sillas del auditorio. Cristina Sotos, del departamento de recursos humanos, interrumpe unos instantes su danza dentro del tumulto para coger unas velas con forma de duendecillos de la mesa del ágape echado a perder y lanzarlas al castillo de asientos. Una gigantesca llamarada aviva aún más la locura de los allí presentes; entre los gritos de ¡CESTA! y algunas onomatopeyas propias que emulan placeres carnales, comienzan a llorar, a reír o a gemir sin dejar su ahora lúbrica coreografía.
—¡Cesta! ¡cesta! ¡cesta! —los gritos son cada vez más altos y la multitud desnuda no para de moverse y girar alrededor de la gran hoguera.
Las llamas alcanzan el artesanado de madera que cubre el techo de la sala y Osvaldo Martínez, encargado de mantenimiento, comienza a chillar y a reír a sabiendas de que el sistema de extinción automática de incendios no va a interrumpir aquella “fiesta”.
—¡Que no cunda el pánico! ¡Vamos a tranquilizarnos! ¡Esto hay que pararlo! —grita don Antoine Gambusia casi desnudo al lado de la gran hoguera.
Tras una nueva llamarada comienza a oler a carne quemada.

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