El arte como terapia y otras falacias
Antes de disponerme a soltar tonterías, que es algo que realizo con mucho gusto y cierto talento, permítame quien lea esto que le ponga en antecedentes: soy idiota. Un idiota común, no se vaya a creer que algún tipo de idiota especial. No, común. Del montón. Como tantas otras personas idiotas. Y ahora… al lío.
Cuando en la asamblea de facerArder, donde entre otras cosas decidimos el tema para el número 1 de la revista, acordamos que el tema sobre el que divagar en esta ocasión era “El arte y su uso terapéutico” recuerdo pensar que teníamos entre manos un asunto que iba a dar juguito bueno. De hecho a día de hoy ya lo está dando porque algunos textos ya publicados, y otros por publicar aún, abordan de lleno esto mismo.
En ese mismo momento la idea se posó en mi melón, ese que uso cada vez menos para pensar y divagar, y como un pequeño virus inoculado adrede comenzó a pudrirme los pliegues cerebrales para loa y victoria de la estupidez supina.
Al principio pensé que sí, que el arte como terapia… ¡qué otra cosa si no!, era la panacea. La solución. El intrígulis final de toda forma de creación (sirva esto quizás en ambas acepciones que recoge la RAE: la de complicación o la de razón oculta).
Recordé aquellos momentos en que las canciones me visitaban (una tiene su pasado oscuro dentro de la canción de autor(a) en castellano), los cuadernos llenos de frases, décimas, sonetos, versos sueltos que morirán en el propio cuaderno, las fotografías, los intentos de cortometrajes, … En fin, que pensé en una vida llena de dispares acciones creadoras (¿creativas?) en un intento fútil de sobrevivir a un mundo de mierda que no me gusta nada y al que seguramente tampoco le gusto.
¿Es esto terapia? ¿Sobrevivir es terapia? ¿Sobrevivir como terapia? ¿Terapia para sobrevivir?
Empiezan las jodidas preguntas.
Hubiera respondido que sí a todo en un principio. Y entonces te despiertas un lunes con un cansancio tremendo de vida, pidiendo clemencia y café y piensas… NO, NO LO ES.
Es solo un analgésico.
Vivir anestesiada no tengo claro que sea vivir. Quizás sobrevivir. Pero entonces… ¿dónde entra aquí la terapia? ¿O mejor aún, cómo sale? ¿A dónde sale? ¿Nos ayuda a salir de aquella situación de mierda que nos hace tomarnos el acto creativo como un acto terapéutico? ¿De cura? ¿Nos cura?
Joder, con las preguntitas.
Joder, con la semántica.
En medicina terapia viene del latín therapīa que deriva a su vez del griego therapeia y que podríamos definir como cuidado o tratamiento. Vamos, que el fin de todo esto debería ser la cura. Un viaje hacia ella, al menos. Pero… ¿el arte cura?
Pues aquí la semántica nos jodió vivos.
Para bien o para mal vivo rodeado de personas creativas maravillosas que le ofrecen, en muchos casos, esa creatividad gratis a un mundo que cada día parece más llamado a extinguirse. Y en la mayoría de los casos donde esas creaciones no son gratis puedo asegurar que no permiten a estas personas vivir de ello. Lanzar pequeñas curas, analgesias varias, a un mundo que las engulle como si fueran caramelos. Y que encima se saca de la chistera una tecnología que las estudia, las procesa y las “repite” como quien hace churros congelados de esos que saben a plástico.
Vale, paremos. La cosa se está poniendo fea. Todo desde el principio de este texto va en clara inclinación hacia la bajonera absoluta. Spoiler: la cosa no cambia al final. Aún no lo he escrito pero me temo que no voy a ir hacia la luz.
Sigamos con las personas creativas. Esas que nos rodean a todas y de las que en algún momento podemos formar parte. Volvamos a la analgesia del acto creativo.
Tenemos un mierdón, o varios, encima. Eso se nos enquista en el cerebro, nuestra mente lo procesa y… ¡TACHÁN! La obra. La creación. La liberación. La subida de oxitocina. Otro día más sin cortarnos las venas. ¿Y luego qué?
Luego el mundo, la realidad, las flores del mal nos acechan de nuevo. Y volvemos al bucle eterno.
Durante un tiempo sobrevivimos. Alentamos para nosotras y para las demás una esperanza. Como creadoras salimos adelante. Como personas que disfrutan de esa creación también. Joder, ¿quién no tiene un poema fetiche que le saca de la mierda? ¿Quién no ha colgado un cuadro en un lugar determinado de su hogar para mirarlo cuando lo necesita? Para perderse un ratito dentro. ¿Quién no tiene una canción que canta a gritos para exorcizar a sus demonios?
Y ahora la semántica vuelve con un palo y nos casca una buena hostia en las costillas.
Y vuelven los recuerdos de las personas a las que vi enfangadas en el noble arte de la creación y a las que vi felices de parir algo nuevo. Propio. Sanador. ¿Curativo?
Me temo que no. Curativo no. Vuelvo sobre la idea de antes. La analgesia no es cura. Y la terapia se plantea claramente como fin a esa cura.
¿Falla la terapia? ¿Falla el arte? ¿Qué falla, hostia?
Afortunadamente sí. Si las obras curaran es muy probable que en algún momento nadie más creara nada porque no fuera necesario. Aunque se antoja raro pensar en la NO NECESIDAD de una cura para algo de vez en cuando.
¿Es el arte, la creación, la creatividad inútil entonces? NI DE COÑA
Bueno, mira, algo de luz al final del túnel.
Perdón por la chapa. Por la bajada a los infiernos. Por este acto tremendo de purga interior dejando los vómitos desperdigados por este texto.
En realidad yo tengo algo de esperanza. Poca. Cada vez menos. Pero si la esperanza es esa llama de una vela, como dijo San Agustín (¡hostia, el cabrón se pone a citar a santos ahora!) sobre el amor, entonces… no se mide. Y allá vamos con la llama. (Interrumpimos este tostón para ofrecerles una canción añeja: Yo y mi llama, pues Llama se llama, vamos a la clínica dental.) No dejen que se apague la llama. La hoguera. Sigan prodigando aquelarres maravillosos. Analgesia o cura. Crean y creen. O entonces sí que estaremos jodidos.
Bueno, pues al final no fue tan bajonero esto (se da una palmadita en la espalda y se miente para no llevar el documento directamente a la papelera de reciclaje).
Me toca mandarle esta movida a Francis para que la lea antes de decidir si la publicamos o no. Si llega a la revista finalmente reitero los perdones. Yo me voy a tomar ahora mismo otro café. Del uso de las drogas o los estimulantes para poder seguir con la vida o incluso para dar alas a la creatividad ya hablamos otro día si eso.
Nota del pringao que escribe esto: Escribí todas estas incongruencias escuchando en bucle la canción “Soñando” de Pablo Milánes. No quisiera yo echarle las culpas a mi querido y admirado Pablo por todo esto pero… un poco sí. Aunque no la tenga.
Otra nota del pringao que escribe/vomita esto: Esta es la segunda versión del texto. Francis leyó la primera. Dijo que OK, que “palante”. Y entonces yo borré el texto. Y la papelera se tragó mis palabras. Y luego pasaron cosas. El caso es que ahora hay un segundo texto parecido al primero que igual tampoco sobrevive. O igual sí y has llegado leyendo hasta aquí. Entonces te mando un abrazo enorme, persona que está ahí al otro lado.
Y una nota más (madre mía, este tío es gilipollas perdido): Ya no es la segunda versión. He quitado algunas cosas y he añadido otras. Y es probable que la versión anterior fuera mejor que esta. Pero… ya se sabe. (Se va poco a poco y se observa como se pierde en la lontananza pensando que no sabe que es lo que se sabe pero que le parecía buena manera de acabar el texto dejando la cosa como resuelta.)

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