Encuentros en la tercera frase – ¡No disparen; soy el mesías!
«Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso», aseveró Padmé Amidala —Natalie Portman— en La venganza de los sith (2005) después de que Sheev Palpatine, ya transformado en Darth Sidious, pronunciara su famoso discurso en el Senado Galáctico. A menudo reflexiono sobre las habilidades parlamentarias de los políticos, extendiendo el análisis más allá de España, y lo cierto es que el nivel es pésimo. Siempre habrá excepciones, claro está, pero, a grandes rasgos, el panorama es desolador. No obstante, el asunto que nos ocupa hoy tiene que ver con esas figuras mesiánicas que, erigidas en semidioses y reyezuelos de tres al cuarto, cautivan a las masas con sus soflamas y astracanadas. «Babayadas», como solemos decir en Asturias, refiriéndonos a los disparates. Es muy alarmante darle un micrófono a alguien que asegura ser el salvador de la patria o, picando por lo alto, del mundo entero. «Lord Sidious nos prometió la paz», le soltó Nute Gunray, Virrey de la Federación de Comercio a Anakin Skywalker, cuando Darth Vader ya lo había consumido. La paz es otro de los temas recurrentes de estos seres, lo cual me lleva a preguntarme: ¿Qué es para ellos la paz? ¿Aniquilar a todo bicho viviente que suponga una amenaza para sus intereses? Buen ejemplo de ello es la purga jedi, si bien reconozco que el Emperador es mucho mejor orador que todos esos piratas de traje y corbata que lucen palmito en el Congreso. Hay que tener un poder de persuasión tremendo para convencer a la galaxia entera de que sus protectores son los auténticos verdugos y que esas deformidades son fruto de la violencia empleada por los defensores del orden. Pongo este ejemplo porque me parece muy gráfico en cuanto al discurso elegido por los homólogos del sith, a quienes la humanidad ha sufrido en sus propias carnes. Vivimos rodeados de tramposos y encantadores de serpientes para los que solo existe el poder y, aquellos demasiado débiles para ejercerlo, deben ser neutralizados. Me viene a la cabeza una película titulada El ídolo de barro (1949), cuyo argumento versa sobre la ambición sin límites y la falta de escrúpulos con tal de lograr los objetivos propuestos, mientras el protagonista experimenta su calvario particular, cegado por el éxito y la avaricia.

Téngase presente que esos discursos prefabricados, encaminados a lobotomizar a la multitud en medio de un aluvión de vítores, persiguen lo anteriormente mencionado. «La crueldad, el odio, eso es el infierno», dijo Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas (1999). Lo que necesitamos son buenas personas y menos sanguinarios disfrazados de justicieros que nos empujen al abismo. No deseo asomarme ahí ni loco, créanme. Esa oscuridad no encierra nada bueno.

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