Confetti y café
Hoy estaba tomando un café, en una terraza, hacía una brisa que me movía el pelo, meciéndome en su regazo.
Era casi mediodía, y mientras usaba la cucharilla para mezclar el azúcar con el amargor de mi alma, observaba a dos chicos trajeados, de descanso de sus trabajos. Sus rostros determinados me sugerían que hablaban sobre su futuro laboral.
Cerca de mi mesa paseaban un matrimonio de jubilados, tranquilos, ella llevaba un sombrero de paja para proteger su rostro del Sol, él simplemente seguía su paso, ella era su brújula.
En otra mesa un hombre se afanaba en responder correos corporativos en su portátil, encorvado y claramente estresado.
Empezaba a hacer calor, la brisa se tornaba más cálida por minutos.
Más lejos de donde estaba sentada, una chica joven estaba sentada, sin levantar la vista de su móvil, con un par de mujeres mayores, su abuela y su madre. Se parecían mucho las tres generaciones. Todo pintaba que era una visita informal a su abuela, realmente tierna a mi parecer.
Detrás mío un par de chicos tomaban una cerveza mientras uno se liaba un cigarrillo, no se de que hablaban, tenía puesto de fondo a mi querido Ludovico.
Seguía observándolos a todos detrás de mis gafas rojas.
Y en ese momento, más que nunca,
me habría levantado, y como Nacho Vigalondo a las 7’35 de la mañana, les habría hecho cantar, entre confetti, pero para que dijeran lo que sienten a los que más quieren, no para reventar;
Si no para que fueran conscientes de que la vida, es justo ese momento,
como el que vivo ahora mientras escribo,
con el café ya frío.

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