Una salida
Llevaba tres paquetes de tabaco en el bolso porque calculaba, con buen sentido, que quería dejar de fumar cuando se me acabaran. Así que llegando a la marquesina del autobús encendí uno mentolado. En el suelo había colillas, una tirita y una uña postiza rota. Seguro que en Orense no habría tales cosas en la calle, pensaba soñando con el campo. Empezando por el autobús, tan fiable y regular. Allí habría otras, y algunas parecidas; como el frío. Un frío con sentido, el frío del campo que hace dormir los árboles y despertar las nieves. El frío parece estar fuera de lugar en Madrid. Sumé mi colilla a las demás y se me sumó una pareja de mediana edad en la marquesina, hablando de su próximo viaje a Puerto Rico. Allí no hace frío. Mientras unos vienen, otros van.
Apague el cigarro y me subí al autobús. El teléfono me pedía actualizarlo, pero decidí esperar un poco, hasta volver quizás a casa. El otoño se había retrasado, pero ahora parecía querer hacerse notar a través de mi jersey fino. Otro día de vuelta, pensé, como las estaciones, como el frío. Quizás mañana cogería pronto el autobús para ir a la iglesia. Tampoco tenía otra cosa mejor que hacer que buscar por la ciudad, que tratar de encontrarme con alguien desconocido todavía. Pensaba en esas cosas de la tecnología, en la gente que jugaba con el móvil a mi lado; en eso que llaman comunidad, y eso que llaman soledad. Decidí actualizar el teléfono, ni que fuera para apagarlo un poco; y me encontré con la persona que buscaba.

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