La librería escondida
Hay una librería oculta, más allá de un portal de acero, guardada por un perro pequeñín y oteador y dos gatos negros, que se mueven entre los libros, por debajo de las estanterías, o te vigilan desde el interior de una bolsa polvorienta y llena de… sí, libros. Al adentrarme, descubro una estatua del gran Don Quijote de la Mancha, sentado en una silla, sujetando su dolorida y enloquecida cabeza con una mano y un libro con la otra, con una pila de libros en cada lado, como columnas que mantienen en pie el palacio de la locura y el conocimiento…
Observo aquí y allá y me dejo fascinar por los títulos, por el entorno que desprende una cálida sensación conocida. Es un refugio, es claramente el corazón de una bella persona, expandido. Lo sé por el desorden, por lo sucio pero cuidado, lo caótico pero en su justo equilibrio, lo sé por el amor que desprende. En un paraje como éste, no se puede entrar sin invitación. Es más, el portal de acero aguardaba abrirse ante su guardián, Juan Ignacio, el librero. Ese señor se asomó al balcón tras escuchar mis gritos y golpes en la puerta, mis llamamientos empujados por una fuerte curiosidad. Una curiosidad alimentada previamente por un chamán hacedor de tambores espirituales. Juan Ignacio no podía escuchar lo que le decía, pero respondió: tranquilo, ya bajo, ahora te abro. Tardó un buen rato, o quizá la impaciencia dilató el tiempo. Cuando por fin bajó, lo vi aparecer por una puerta trasera cual ilusionista. Le saludé, me presenté y él tan solo murmuró: ¿Quieres entrar? Abrió el portal con su llave y lo empujó y tan solo dijo, adelante, tú mismo, yo voy a tomarme un café al bar. Así que la visita a la librería escondida fue solitaria, excepto por los animalitos guardianes, que me vigilaban sin recelo, sin desconfianza alguna. Había libros conocidos y también desconocidos, por mí, claro, pero la mayoría gozaban de un atractivo especial. Investigué las estanterías poco a poco y de repente un libro me llamó a voces: Universo Prohibido. Ese título fue demasiado para seguir con el paseo y me detuve. Cogí el volumen y lo ojeé. Leí:
Hay otros mundos, pero están en éste. Cita de ELUARD. Sigue con el índice: En principio era el sueño.
Los vagabundeos de la mente libre.
Las incursiones elementales del pasado.
Las incursiones de la mente en el futuro.
El diálogo secreto con el yo profundo.
La clarividencia y los contactos intermentales.
Y aquella maravilla continuaba… Si no hubiera tenido dinero habría salido a pedirlo en la calle con tal de comprar este libro. Así que lo cogí y lo guardé en mi bolsa y seguí la exploración de esta biblioteca que bien podría ser un Universo compartiéndose, mientras esperaba el regreso del Librero. Había todo tipo de libros. Enserio, una mezcla fascinante. No conseguí comprender el modo de clasificarlos, si es que lo había. Sin embargo, cuando llegó Juan Ignacio, le enseñé el libro Universo Prohibido y le pedí el precio, él lo reconoció enseguida y hasta me señaló la estantería donde lo tenía guardado. Es decir, conoce cada palmo de su librería perfectamente aunque no tenga etiquetaje por colecciones ni géneros ni ningún orden aparente (como un universo). Me afirmó que valía 5€, aunque en la página inicial había escrito a lápiz 10€, lo cual le dije yo eso y aún así, desde su honestidad, me insistió que daba igual lo que pusiera el libro porque su precio es 5€, todos los libros que vende valen 5€ y le pone triste venderlos, si fuera por él no lo haría, pero vive de la venta de esos libros. Y le frustra porque un papelito no vale tanto como un tomo completo de papelitos repletos de palabras…
Yo me moría por hablar con él pero se le veía cansado, antisocial, profundamente sumergido en la literatura y alejado del resto del mundo. Aún así fue amable conmigo y respondió algunas de las preguntas que le hice. Me contó que siempre fue librero. Que tiene una enfermedad que arrastra desde niño y no le permitió vivir una vida normal, pasando largas temporadas viviendo en la cama. O mejor dicho, reposando su cuerpo en la cama y su mente dentro de los libros que devoraba sin parar. De cada respuesta que me daba me demostraba que él tiene una cosmovisión de la vida muy alejada de lo convencional pero su perspicacia y autoprotección le hacía vacilar un poco y no reconocerme en ningún momento su forma de ver el mundo… tan solo dejaba que viese su inmenso amor por los libros y poco más, permanecía opaco para mí. No sentí desconfianza, tan solo desidia por el mundo que le rodea que no tenga que ver con sus amigos, los libros, como él mismo me dijo. ¿Vender amigos para sobrevivir? Sin duda es duro y horrible…
Juan Ignacio, como suponía, también escribía. Pero no conseguí convencerle de mostrarme nada de lo suyo. Me dijo que jamás ha querido publicarlo, lo cual me entristecía y lo llamé egoísta por ello, pues imagínate que todos los autores que él ama por las obras que han compuesto y entregado a un editor para que le diera alas y así pudieran ser vistas por los demás, no lo hubieran hecho, no hubieran permitido su publicación… Jamás habría podido leer todos esos libros que tanto le han dado… Creí conseguir, por un instante, una duda en él. Pero no tardó en reafirmarse en que no le interesa publicar, no quiere que le conozcan, no quiere ser leído, quiere expresarse y sobretodo leer y leer y leer…
Y entonces continúe preguntando por su vida. Se mantenía reacio a relatarme más. Me dijo que quiso dejar de ser librero e intentó convertirse en agricultor. Su delicada salud no se lo permitió y regresó a su refugio de palabras… y hasta hoy. Mi siguiente paso fue, como no pudo ser de otro modo, hablarle de mi libro: Un universo compartiéndose, novela contemporánea que trata sobre el amor a los libros, a la vida, a los relatos, al mundo literario al completo… y se lo mostré, pues llevaba una copia ahí mismo. Pensé que querría ojearlo pero no hizo ademán de ello, así que solo lo dejé en su mesa un rato para permitirle cogerlo si quería. Pero no lo hizo. Todo me reafirmaba su cansancio… Podía ver en sus ojos que su inmensa curiosidad literaria no había muerto pero temblaba un poco, como la llama de una vela. Le dije que él podría ser un personaje de mi novela, que encajaba a la perfección. Sonrió. Le prometí que volvería y le regalaría libros, entre ellos, el mío, claro. No me dio las gracias y eso me hizo reír por dentro. Sin duda ese ser era muy especial, Juan Ignacio, el librero. Me intrigaba sobremanera y quería ayudarle, quería que se riera, que fuera feliz un rato… Pero la dificultad en comunicarme con él era considerable… así que lo dejé descansar. Regresaré, le dije, le haré hermosos regalos en forma de libros… y escribiré sobre este bello y misterioso encuentro.

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