Habitación Propia – Felicidad, qué bonito nombre tienes
Si me lees, te cuento una historia. Es de una mujer que durante muchos años fue conocida como “esposa de” pero que tenía nombre propio, inspiraciones, deseos, sueños y que era una escritora maravillosa y una persona con una vida que merece ser contada. Vivió en un momento histórico complejo en España, nació en 1913 pero su vida joven y adulta ocurrió durante la guerra civil española y el período del franquismo.
Traigo esta historia personal, porque refleja la historia de una generación de mujeres y espero te ayude a reflexionar cuánto de importantes son las desigualdades de género en la vida de las mujeres.
Felicidad, fue una mujer de padre médico y con ideas y posturas conservadoras, pero de abuela materna republicana y con ideas y posturas de izquierdas, que nació en 1913 y que fue conocida con voz propia en la última parte de su vida por el documental El desencanto que se filmó en 1976 por Jaime Chávarri y que como su propio nombre indica hablaba del desencanto de una familia deshecha por las circunstancias sociales y culturales de la época histórica en la que vivió y las circunstancias personales de su padre y su madre, que supuso un escándalo en la época por su lavado de trapos sucios familiares (que ya sabemos que se limpiaban en el ámbito privado, sobre todo si era una mujer quién les ponía voz y voto); cuya peculiaridad era que esa familia había tenido de cabeza de familia a uno de los poetas más reconocidos del franquismo, Leopoldo Panero.
Cuando Felicidad nació, lo hizo en una familia acomodada y viviendo en pleno centro de Madrid, en la Gran Vía, en una vivienda señorial con catorce balcones, como ella misma describe. Su padre era la figura mítica, que entra y sale y solamente ve unos minutos al día. En casa, solo se hablaba de lo que él hacía, de sus metas, sus triunfos. Su madre, le admiraba tanto que, en palabras de la propia Felicidad, “parecía una esclava”.
A partir de este momento, cambio a la primera persona. Creo que gana mucho la historia, contada por ella, los fragmentos están recogidos del libro Espejo de sombras en el que la periodista Natividad Massanés, recogió toda la vida de Felicidad a través de numerosas entrevistas realizadas después del documental El desencanto, recogidas en 1977. En palabras de la propia periodista “Las mujeres han sido a través de la historia la parte invisible de la humanidad (…) Dos mundos, pues, para una sola humanidad. El mundo de la libertad, en el que el ser humano se hace a sí mismo, para el hombre; el mundo de las leyes inmutables en el que la biología es el destino, para la mujer.”
Me llamo Felicidad Blanc Bergnes de las Casas, nací el 3 de febrero de 1913, de ahí que mi tercer nombre sea Blasa, en honor a San Blas y esperaban que fuera Blas en lugar de Felicidad porque ya tenían a Margot, Eloísa y Luis, de 2 años, que necesitaba un compañero de juegos. Mi madre era siete años mayor que mi padre cuando se conocieron y enamoraron. Mi madre era bellísima y cuando mi padre la conoció desencadenó en él una pasión que le hizo cometer toda clase de locuras. Se casaron nada más terminar el servicio militar, lo que hizo que se rompiera la relación con su familia. La familia de mi padre había venido a España refugiándose de la revolución francesa y allí se quedaron. Mi madre quedó huérfana de muy niña y compartimos nombre, curiosamente como un desafío que nos unió en destino, porque ni mi madre ni yo fuimos demasiado felices (p.19).
Cuando nací, en mi familia se había quedado atrás la pobreza. Mi padre médico reconocido, ya tenía capacidad económica para comprar una casa para la familia. De las ocupaciones hogareñas, solo había una exclusiva de mamá: preparar los postres a mi padre. El único vicio de papá eran los postres, así que mi madre tenía que discurrir semanalmente un plato nuevo, distinto, que gustase a su marido. A parte de esto, era la mujer-esposa, la persona que se arregla para él y la sociedad, que va a las visitas, que cumple, en fin, la función social (p.42).
La abuela Isabel (materna) era una republicana convencida y lo fue hasta su muerte: ¡abuela, abuela, ha llega la república! Y ella pudo sonreír antes de morir (p.45). Eso sí, cuando tenía fuerzas y paseaba conmigo, no dudó en llevarme (en completo secreto en la casa familiar) al entierro de Pablo Iglesias.
Veraneamos en la finca familiar de Barbastro. Luis y yo somos felices en la finca, nos enloquece. Nos encontramos sueltos, con absoluta libertad para hacer lo que queramos, salir, entrar, en contacto directo con los animales y con los criados de la finca. Mi hermano y yo somos en la infancia, los seres más felices.
Con seis años, a la vuelta de unas vacaciones, empiezo el primer año en el colegio de monjas francesas que hay cerca de casa. Yo tenía mucha ilusión por comenzar en el colegio, porque mis hermanas y mi hermano Luis siempre estaban en sus ocupaciones y yo me aburría en casa. Pero ese primer año para mí fue un auténtico drama. Tristísimo.
Tenía fama de niña buena, así que me pusieron en el banco de las malas y me divertía muchísimo, así que el experimento salió mal y volví con las buenas. No paraba de llorar, ni en el colegio, ni en casa. Me decían que ya me acostumbraría. Pero no me acostumbraba.
El segundo curso, me pusieron en una clase donde todas las niñas sabían multiplicar, yo no sabía y me daba tanta vergüenza, que lo ocultaba. Un día decidí plantarme en el despacho de la madre superiora a decirle que no sabía multiplicar. Inventé una escapada para hacerlo y la madre superiora me trató tan bien, me regaló un libro, me puso una profesora particular que me enseñó a multiplicar y mi vida se arregló por esa capacidad, entre superación y atrevimiento, que interioricé como uno de los actos más valientes de mi vida (p63).
El tercer curso se complica con un problema de salud. En el mes de abril tengo apendicitis y mi padre decide que los sobresaltos del colegio no me convienen y que debo quedarme en casa a partir de entonces. Ese verano cambiamos Barbastro por Fuenterrabía. Me quedo fascinada y enamorada del mar para siempre.
Luis y yo en la playa somos niños alegres. A partir de entonces queda roto nuestro aislamiento social y tenemos nuestra primera pandilla infantil. En ese grupo está Manuel, mi primer amor real (p.65). Al volver a Madrid, dejo de ser la niña retraída que fui hasta entonces.
Cambiamos de casa. Nos vamos a un chalet en la calle Manuel Silvela. A Luis y a mí no nos gusta aquella casa. Al verla, no hay luz y está un poco retirada de la bulliciosa vida del centro. Luis dice: “presiento que en esta casa nos van a ocurrir desgracias”. Esa sensación se apodera de mí.
Mi personalidad se desarrolla siendo una adolescente buena. Quiero que las personas que me rodean estén contentas, que no haya discusiones ni gritos, que no haya lágrimas. Prefiero callarme siempre a molestar. Sigo mis estudios en una academia para chicas. Margot, mi hermana mayor se casa con un hombre rico y Eloísa mi otra hermana, empieza a tener algunos problemas de salud, aunque mis padres no comprenden o no quieren comprender lo que le pasa, siguen pensando que es una chica normal, eso sí un poco atrevida y díscola, pero no se dan cuentan que Eloísa está empezando a perder la razón (p.79).
La casa de Manuel Silvela ensombrece. La enfermedad de Eloísa avanza y Luis está cada vez más recluido. Ha empezado medicina y toma parte en todas las revueltas contra la dictadura de Primo de Rivera. Otro día dice que no quiere hacer medicina, atraviesa una época muy depresiva, mi padre está enfadadísimo con él. Aunque desde que se encierra en su habitación, mi padre se preocupa más por él que por mi hermana Eloísa.
Luis decide que quiere estudiar derecho. Cambia de amistades y de vida. En casa, se considera cualquier trasgresión de la costumbre como una catástrofe. Esta atmósfera opresiva a Luis le hace mucho daño y se infiltra en mí profundamente. Siempre fui una niña soñadora, pero ahora es otra cosa, mi deseo es de huir.
Me paso horas soñando en las novelas rosa de Magali, soñando que aparecerá alguno de esos personajes y me sacará de la casa, me llevará con él. Eso hace que mis estudios vayan peor. Dejo de estudiar con 15 años. (p. 81)
La enfermedad de Eloísa obliga a internarla. Los celos sobre mí han agravado su enfermedad, pero consideran necesario que siga viéndola, por lo que recuerdo las primeras visitas al manicomio como algo terrible. No es un sanatorio, es un manicomio. Está encerrada en una habitación. Me aterra verla así. El diagnóstico es malo. Aunque después de 2 o 3 meses la vuelven a traer a casa. Volvemos a dormir juntas. Vivo obsesionada con que pueda volver el ataque que la internó la primera vez, pero es más fuerte el terror a volverme loca yo, pasar de la normalidad a la locura, me aterra.
Mi hermano ha empezado a escribir poemas, tiene vocación literaria, quiere terminar sus estudios e irse a un pueblo a escribir, como Azorín. Se lleva muy mal con papá. MI padre admira más bien la fuerza, el valor, la constancia, es muy germano y wagneriano. Muy duro respecto a nosotras, pero más contra Luis. No transige en nada que altere lo que para él es el orden.
Mi obligación y responsabilidad es cuidar de Eloísa. Me meto en ese papel para darles a mis padres algo de felicidad.
El 14 de abril se proclama la república y Luis se hace de la juventud monárquica y que dice que yo también debo ser monárquica. Lo que cambia con la república es que la pasión por la aristocracia se pasa a la intelectualidad. Vemos a la Institución Libre de Enseñanza como a seres privilegiados (p.84). Otro cambio es que éramos todos más sencillos. Se hace culto a la austeridad incluso en las recepciones.
En esta época, juego al hockey. Hemos formado un equipo con Justina Rodríguez de Viguri. El hockey está de moda entre las chicas. Me hacen capitana del equipo “Aurrerá”. Una de las pocas veces que ganamos publicaron en el ABC que habíamos perdido. Escribí una cara vibrante al encargado de la sección de deportes. Aquello les hizo tanta gracia que trasciende, me hacen una entrevista (con foto) y aparezco en portada de “CAMPEÓN”. (p. 85).
Mis padres insisten en que haga vida normal. Pero esto enloquece a Eloísa. Salgo a la calle con un intenso deseo de cambiar de vida. Quiero ser como La Cenicienta. Empiezo a enamorarme. Me enamoro repetidas ocasiones y con una facilidad sorprendente. Busco incansablemente el amor.
Conozco a Julián. Rubio, fuerte, imagen de deportista que el cine americano había impuesto a nuestros sueños. Con él fue mi primer beso de amor (p.86).
En el otoño el amor de Julián se va extinguiendo. Mi vida entonces estaba llena de ganas de vivir y de soñar. La fiesta de mi puesta de largo la casa resplandecía. Llena de regalos, flores y música de tangos y de fox lentos. En aquel entonces mi amor es Antonio. Pasa como un gran amor verdadero en mi vida. Coincidíamos en gustos e ideas, pero finalmente nos separamos, no sabiendo muy bien por qué y por primera vez siento el abandono.
Comienzo a ir todos los domingos a la sierra, al Ventorrillo y conozco a Rafael. Es psiquiatra y por primera vez hablo con alguien de la enfermedad de Eloísa. Me trata muy bien y aunque mis amistades me advierten que no es como yo le veo, me voy alejando de mi mundo. Rafael tiene poco dinero, a mí no me importa. Vamos al cine, me presta libros de literatura rusa (Andreiev, Tolstoy) que tanta influencia tendrán en adelante para mí. Hablamos de política, Rafael es sobrino de Fernando de los Ríos, empiezo a comprender los problemas políticos, me siento compenetrada con sus ideas. Veo a mi familia como un mundo que no tiene nada que ver con el mío. Ellos defienden a Gil Robles y yo a Indalecio Prieto o Azaña. Discutimos mucho. Me siento republicana (p.90).
¡Han matado a Calvo Sotelo! La noticia llega de repente estremeciéndonos. Mi padre grita exaltado ¡esto no se puede consentir! Mi hermano está silencioso, sabe que no comparto las ideas de casa, ni las de él mismo. Mi padre pregunta qué ¿qué dice Rafael de todo esto? Me callo, no quiero decirles que pienso igual que él. Me llama Rafael por la mañana, nos han despertado los cañonazos. Me recomienda que no salga nadie a la calle.
Empieza el temor, los registros en las casas. Rafael está ahora en el Hospital Provincial. Después le llevarán al manicomio de Ciempozuelos. Recomienda internar de nuevo a Eloísa. Luis no quiere. Dos o tres días después se la llevan y él no la volverá a ver más.
Madrid sufre el primer bombardeo. Mi padre le propone a Luis a que vaya con él al hospital para protegerlo. Luis sabe mucho de medicina, ha estado estudiando en secreto, pero no quiere ser médico, solo lo hace para satisfacer a papá. Él quiere estudiar filosofía y cuando termine la guerra irse a una ciudad pequeña de catedrático.
Pero llaman a filas a la quinta de Luis y se va al frente. No tiene miedo a morir porque no tiene miedo a la muerte. Cada vez tengo menos noticias de Rafael. Una mañana el cartero me trae noticias de él. Me dice que le olvide. De repente todo se derrumba. No tengo amistades, no tengo a nadie.
Decretan la evacuación de Madrid y a mi padre le advierten que si no hago algún trabajo tendré que marcharme. Me propone ir al hospital. Creo que no voy a poder, pero me dice “sí podrás”. Entro a quirófano con mi padre. Me tiemblan las piernas. Estoy firme como cuando era pequeña y le demuestro mi valor. Seré fuerte como entonces. Cuando salgo del quirófano, respiro hondo, lo peor ha pasado.
El hospital cambia mi vida. Me siento orgullosa y mi padre también. Luis por su parte, sigue el recorrido por el frente. Valencia, Barcelona y Ebro. Antes de ir a Valencia me dice que si no vuelve me quede con todos sus libros. Le digo que la guerra acabará algún día, pero él presiente que morirá en el frente. Y su presentimiento se cumple. Luis está en la batalla del Ebro cuando cae esa posición en las tropas de Franco (p.113)
El 26 de marzo de 1939 Madrid se rinde, la locución del coronel Casado lo confirma. Ya todo es inútil.
Me refugio en los libros, tengo una biblioteca comprada por mí. Ya no voy al hospital, empiezan las depuraciones y mi padre también las sufre. Noto que esto le duele más que antes: el ir a pedir avales precisamente a los que tanto esperó. Y, al final, ellos son los que han matado a su hijo. Nada dice, pero cuando hablo mal de Franco, lo critico, ya no me contradice como antes.
Mi amiga Mª Teresa y su novio José Antonio Maravall vienen mucho a verme ahora. Cuando le hablo de mi soledad me habla mucho de su amigo Leopoldo Panero, te lo presentaré, estoy segura que os entenderéis, me dice. Un día me llevan al Prado para presentármelo. Panero ha perdido también a su hermano, su familia ha estado muy perseguida y él estuvo condenado a muerte, me dicen.
Llego pronto a la cita, la primera, frente a la Gioconda. Al poco entra alguien, de la edad de Panero, vestía oscuro, me mira y le miro. Estoy segura de que es él. Nuestras miradas comienzan a ser apasionadas. No me doy cuenta que Mª Teresa y Juan Antonio han entrada y que hay otra persona con la pareja, que es el verdadero Leopoldo. No me gusta. Le odio. Disimulo. Me da la sensación de que a él yo tampoco le gusto.
Empezamos a quedar. Ve la guerra como yo, una tragedia de la que es mejor no hablar. Yo la comprendía como mi hermano Luis, que era monárquico y murió en el frente de la República, al otro lado de las trincheras estaba Leopoldo. Creo que muchas veces no comprendí a Leopoldo y que él nunca me comprendió.
Una tarde, me coge de la mano y me dice: ¿Sabes?, desde que te conozco tengo una sensación rara. No te veo joven, te veo con arrugas, ya vieja, paseando por las murallas de Astorga, terminada ya la vida. No pudo decir nada mejor. Me he enamorado de él.
¿Y si nos casamos? Mi padre me hace la reflexión natural: “con él vas a vivir la pobreza”. Su madre dice que espera a que llegue su padre. Se ven las familias. Cuando se marchan mi padre dice a mi madre: “qué poco se parecen a nosotros, no creo que nuestra hija sea feliz”. Sus padres solo ponen como condición que nos casemos el 29 de mayo como ellos.
Trataré de ser una buena ama de casa como su madre, aunque más torpe. Dejaré mis libros y mi pequeña biblioteca, de la que tan orgullosa me siento. Esperaré durante horas enteras en ese piso triste de Madrid, hasta oír el llavín de la puerta, algunas veces tardía, que me lo trae de nuevo a mí, muchas veces distante, distraído (p.153)
Siento asco indecible, no puedo comer ¿qué me pasa? Voy a tener mi primer hijo. Por fin termina la espera, voy al sanatorio con gran ilusión. Una noche interminable de sufrimiento. El dolor es tan insoportable que se confunde con todo. El deseo de morir es lo único que me llena el pensamiento. De madrugada se llama a otra médico, mi padre ve la gravedad. El médico nos salva la vida a mí y a mi hijo. La convalecencia es larga. Siento cansancio infinito. Para Leopoldo ahora no hay más que niño, su falta de interés por mí durante meses me hiera más que nada; tengo la certidumbre de que si hubiera tenido que elegir aquella noche entre la vida del niño y la mía hubiera elegido la del niño (p.156)
Me refugié en el niño. Qué importaba que él prefiriera siempre otras compañías: era el desamor y la indiferencia de Leopoldo lo que me dolía (p. 156)
Dos años más tarde otra intervención. Un niño que no puede llegar a término. Leopoldo pregunta ¿y el niño? ¿no puede salvarse? “Da gracias a Dios si se salva la madre” dijo mi padre indignado. Espero un nuevo hijo, y mi padre se indigna más “¿qué quiere matarte?”. Nace prematuro y no vive más que unos días (p.157)
A veces releo algunos versos de Leopoldo, como los dedicados a su madre, me hacen pensar en la distancia que hay entre la poesía de Leopoldo y la realidad. ¿Nos verá así él? ¿o esa distancia será una consecuencia del ambiente falso que rodea todo en España? Y pienso también si no será igual conmigo. Esos poemas que escucho de sus labios y leo muchas veces, en los que habla de mí, ¿a quién se refieren?
Escribo El cóctel de un tirón. Días después escribo otro, La Institutriz. Y algo más tarde, mientras mezo la cuna de Leopoldo María (mi segundo hijo), con la otra mano escribo Domingo, mi cuento preferido.
Me decido por fin con voz temblorosa a leérselos a Leopoldo. Le gustan, se queda un poco sorprendido de que los haya escrito. Se los enseña a su gran amigo Luis Rosales “esto hay que publicarlo”.
Los publico en diferentes revistas. Qué alegría inmensa cuando los veo impresos. La casa empieza a funcionar mal, los niños cuando me hablan apenas les contesto. Y un día me pregunto si vale la pena, si esos cuentos justifican el abandono. Y dejo de escribir (p.177)(1) Vuelvo a ser el ama de casa bastante imperfecta que siempre he sido, pero que trata por todos los medios de llegar a ser mejor. Leopoldo tampoco se da cuenta de este sacrificio. Seguramente pensará que ya no tengo más que contar.
La obra de Leopoldo Escrito a cada instante está en todas las librerías, lo ha editado el Instituto de Cultura Hispánica. Creo de verdad que es su mejor libro. Leo y releo los poemas dedicados a mí, los poemas que harán creer a todos que he sido la mujer más querida, más valorada por el poeta. Pero el libro va por un lado y, nuestra vida por otro. Para Leopoldo yo soy sencillamente el ama de casa que cuida de los niños, la especie de mueble que un día adquirió y que no ha vuelto a preguntarse qué tiene dentro (p.184)
Una noche inesperadamente Leopoldo me pregunta si alguna vez le he traicionado. Creamos un clima de confianza y me confiesa que él ha tenido un par de aventuras que yo ya sospechaba. Pero él quiere saber cuál es mi traición y casi sin darme cuenta de lo que voy a hacer, confieso mi amor platónico por Luis Cernuda, en la época que pasamos en Londres.
No quiero recordar aquella noche, ni tampoco las siguientes: su venganza, su rabia, su orgullo herido. Su reacción, después de otras peores es echarme de casa. Vivo bajo el terror de su fuerza física, firmo un papel en que me considero culpable y le dejo a los niños. Recojo mis cosas mientras veo romper el libro de Luis Cernuda. Llamo a mi padre, le cuento lo ocurrido. Me dice “no tienes dignidad si sigues una hora más aquí. Nunca te ha querido. De los niños no te preocupes el papel que has firmado no tiene validez”.
Quedo en reunirme con mis padres en unas horas, tengo que hacer algo con los niños. Cuando los miro, toda la dignidad que me pidió mi padre se viene abajo. No, no me iré, pediré perdón, me arrastraré y me sacrificaré, pero nunca dejaré a mis hijos (p.185)
Leopoldo consiente al final que me quede. Pero su venganza será privarme de los míos, todo su odio contra ellos saldrá a relucir “los niños no irán más a casa de tus padres. Ni tú tampoco”.
Somos dos seres unidos solamente por los hijos, pero ahora algo ha variado sustancialmente en mi: soy el ama de casa perfecta que ha arrinconado sus sueños, que se refugia en sus hijos como su único apoyo vital.
Estoy embarazada por tercera vez.
Leopoldo María, el segundo de nuestros hijos, es un artista, ya tiene tres años y con esa edad escribe poemas de adulto. Quiere ir al colegio, pero a la clase de los mayores.
Mi marido está escribiendo un poema sobre Santiago Apóstol cuando empiezo a sentir los dolores de parto, tendríamos que ir al sanatorio. “Espera” me dice. Se oye la máquina de escribir y es inútil que le insista. Cuando por fin se da cuenta, ya no hay tiempo más que de avisar al médico. El niño nace en casa. En recuerdo de ese poema, le pone como tercer nombre Santiago, después de José y Moisés como los abuelos. Más tarde sus hermanos le llamarán Michi (p.189)
El alcohol que ingiere Leopoldo, ya de manera habitual, no le produce alegría, sino violencia la mayoría de las veces. Cuando sale sé que beberá con exceso, y espero con angustia y temor su llegada.
¿Por qué no me rebelo? ¿por qué prefiero callar y no decir nada? Porque yo también voy siendo otra persona, alguien que ha dimito de sí misma, que no tiene ya fuerzas para imponerse en nada (p.197)
Pienso en tantas mujeres que, como yo, habrán dejado que se oscureciera su inteligencia repitiendo maquinalmente los mismos gestos, perdida la curiosidad por todo, anuladas en una renuncia inútil (p.206)
Felicidad, qué bonito nombre tienes. Ninguna mujer está a salvo. Ni el dinero o la pobreza, ni la guerra, ni la posición privilegiada, ni la cercanía al régimen, impidieron que su vida fuera la que las demás personas esperaban y deseaban, nada que ver con su deseo o sus propios intereses.
La historia de Felicidad Blanc, es la misma que la de las mujeres de toda una generación en España. Tener privilegios no era sinónimo de salvarte de nada. Es más, podría ser aún peor por la pobreza, la situación social y cultural de la población durante la guerra y posterior dictadura franquista, las desigualdades por ley y sostenidas en un sistema patriarcal y machista, que apagó las oportunidades y las vidas de las mujeres en España.
Las consecuencias de tanta violencia continuaron en la siguiente generación. Felicidad y sus hijos fallecieron prematuramente por diferentes enfermedades y excesos vitales. De ellos no quedó más que el desencanto y la vergüenza social por sacar a la luz una realidad vivida en una clase privilegiada y el señalamiento a sus familias. Pero Felicidad fue doblemente juzgada y condenada, incluso los hijos de Felicidad le recriminaron en vida que no hiciera “nada” por ellos, la culpa de todos sus males recaía no solo en su padre (la falta de afecto e interés constante), sino también en su madre, a ella la hacían responsable de no haberse enfrentado a él y por tanto culpable también de sus males.
<<“Si pudiera deshacer el nudo…” Solía decirlo en una casa y otra mientras golpeaban sus manos sobre la tabla de lavar. (…) Al principio de su matrimonio todo fue bien. Con sus ahorros habían comprado una cama de níquel y también un mueble para el comedor. (…) Después vinieron los hijos. Como la lluvia caían, uno tras otro, sin dejar casi respirar (…) Luego él se quedó sin trabajo; ella empezó a asistir por las casas (…) Al volver del trabajo rendida, tenía todavía que prepararles la cena, acostarlos y hasta repartir alguna bofetada entre los mayores (…) Él, cansado de ser una carga más en la casa, empezó a beber (…) con el tiempo su borrachera no fue pacífica, sino irascible (…) Luego, otras veces, venían los gritos, los golpes sobre su pobre cuerpo ; el levantarse transida, sin lágrimas, casi sin fuerzas para volver al trabajo, disimulando las manchas oscuras en su piel, la huella brutal de sus puños (…) Pero los hijos crecían y, el verlos subir y subir redoblaba su esfuerzo, hacía más ligera la carga (…) sabía que la querían, y que se daban cuenta, pero le dolía que no quisieran al padre, que les molestara hasta verlo comer su plato de comida (…) Fue entonces cuando notó más el roce de la cuerda, la opresión del nudo sobre su garganta y, sin embargo, nunca pensaba en deshacerlo (…) Apenas lo veía de noche, solo, inconsciente y lejano, pero era el hombre, el padre de sus hijos; era lo que nunca debía de faltar (…) Nunca supo qué hizo resbalar su pie aquella noche al volver con frío del invierno (…) Sintió el tremendo desgarrón al arrancarse de ellos (sus hijos), y un dolor agudo en sus entrañas, como si de nuevo les diera la vida. Después rodó, y rodó en el vacío, sola entre las tinieblas, buscando con avidez su sitio.>>(2)
De aquellos barros, estos lodos. Me gustaría que por un instante pudieras sentirte en el lugar de Felicidad. Si lo has conseguido, ¿crees sinceramente que no hacen falta más 8M? Pista: de todas las formas de violencia que relata Felicidad (roles, sexismo, machismo, amor romántico, infantilización, patriarcado, salud mental, discriminación y violencia de género: obstétrica, simbólica, estructural, familiar, económica…) la mayoría aún están vigentes en nuestra sociedad. Aún peor, hay gente que quiere retroceder en el tiempo y que volvamos al punto de partida.
(1) No puedes perderte La ventana sobre el jardín. Cuentos reunidos de Felicidad Blanc. Editorial Espuela de Plata. Edición de Sergio Fernández Martínez y prólogo de Javier Huerta (2019)
(2) Extraído del cuento El nudo. (Felicidad Blanc. 1952) páginas 59 a 65 del libro La ventana sobre le jardín (2019).

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