De pura cepa
Relato ganador, en 2017, del XII Concurso Relato «José Luis Gallego»
Salgo del metro justo cuando anochece. Imagino ese sol consumiéndose en naranjas y bermellones en el horizonte, ese sol que los edificios grises me sisan, y siento nostalgia de otras noches en mi pequeño pueblo, junto a mi madre y a mi hermana. Junto a mi padre. En las calles las caras largas de los que vuelven a casa del trabajo se mezclan con esa media sonrisa que exhibimos los que salimos a dar un paseo por el barrio. Los coches hacen sonar el claxon un instante después de que cambie de color el semáforo. En un quiosco junto a la boca de metro una pareja tatuada que ronda los cincuenta años se afana en recoger revistas y libros y amontonarlos en cajas de cartón.
Enciendo un cigarrillo, una de esas costumbres que he heredado de mis padres y que Carmen detesta, y recorro el camino hasta el lugar de la cita con paso tranquilo, para que me tiempo a fumármelo sin prisas. Disfruto. Me relaja caminar por las calles cuando las farolas se iluminan, cuando los escaparates de las tiendas sucumben a las luces de los bares. Cuando llego al restaurante soy una sonrisa. Abro la puerta, avanzo unos metros hasta la barra y me acomodo junto a Carmen, que está tan hermosa que no puedo reprocharle que no levante la mirada del teléfono móvil. Llamo al camarero y pido dos copas de vino. Mientras espero a que las traiga Carmen me rodea el cuello con los brazos y me besa. Cierro los ojos como ese adolescente que dejé atrás hace ya tantos años. Es tan hermoso estar con Carmen. Tan hermoso y tan inesperado. El camarero deja las copas de vino sobre la barra. Yo cojo la mía como puedo, con Carmen todavía enlazada al cuello.
—Estoy embarazada —me susurra al oído, y después se aparta como si su nuevo estado fuera contagioso.
Carmen sostiene la copa de vino en la mano, sonríe. Mi copa, a escasos centímetros de la suya, tiembla un instante antes de que la deje de nuevo sobre la barra.
—Dios mío —digo.
Ni siquiera soy creyente. Ni siquiera sé por qué lo he dicho. En una de las mesas del bar un chico deja escapar una carcajada. Dos ancianas sentadas al fondo levantan la vista hacia nosotros como si nos hubieran oído. Solo veo reproche en las miradas. De pronto hace mucho calor aquí dentro. Sonrío. Carmen no ha dejado de hacerlo en ningún momento. Pienso en mi hermana, en mis sobrinos. Me sorprendo pensando en una vida familiar que llega quizá más tarde de lo que ninguno de nosotros esperábamos. Familia. Nunca había asociado esa palabra a mi vida.
—Deja la copa —digo, y ella la coloca sobre la barra, junto a la mía.
Entonces la abrazo de nuevo. Ella me rodea la espalda con los brazos, enreda los dedos en mi pelo mientras me susurra palabras de amor al oído. Sé que habrá gente que nos esté mirando, que se pregunte qué nos pasa. Ya no somos dos adolescentes, pero precisamente nuestra edad es la que nos hace ajenos a reproches y malas palabras. El mundo hace tiempo que dejó de ser nuestro, que dejó de ser una confusa necesidad, para convertirse en un lugar en el que simplemente se nos permite estar. Y eso es bueno, porque ahora solo estamos Carmen y yo.
Carmen y yo.
Y el niño.
—¿Es…? —pregunto, y ella se echa a reír.
—¡De quién va a ser! —dice.
Yo me ruborizo y el sudor me empapa la frente.
—No, no. Lo que digo es que si es niño. O niña. Eso.
Carmen acerca los labios a mi oreja.
—Todavía no lo sé, tonto. Es muy pronto —susurra.
Después nos quedamos allí, junto a la barra, muy quietos, mirándonos durante un buen rato sin pronunciar una sola palabra. Somos el espejo de nuestras sonrisas.
Carmen rompe el hechizo cuando coge de nuevo la copa de vino.
—Bueno, me temo que de esto ya nada —dice—. Al menos durante un tiempo.
—Claro —digo yo.
Carmen se asoma a la copa, hunde la nariz en ella. Se la ve tan hermosa. Levanta la mirada y en los ojos le brilla esa picardía que me ha atrapado para siempre.
—¿Qué me decías el otro día de los aromas, listillo? —pregunta—. Este huele a cerezas. Y a fresas, ¿no?
—Sí. Los aromas. Los vinos tienen tres tipos. Esos que dices son aromas primarios. Los secundarios y los terciarios…
De pronto me callo. Recuerdo al otro listillo, aquel que nos contaba aquellas historias sobre el vino, sobre la vida, sobre sus días tristes e injustos, justo cuando nos íbamos a acostar. Lo hacía como si narrara un cuento de hadas, un cuento de hadas terrible. Me siento incómodo. Miro a Carmen, a la madre de nuestro hijo. Parpadeo un par de veces.
—No, esos tendrán que esperar unos meses.
—¿Y eso? ¿Por qué? —pregunta Carmen, que ya ha dejado de nuevo la copa en la barra.
—Tendrías que beberte ese vino para poder olerlos.
—Ah, vaya con los olores —dice Carmen, y se pasa la mano por la tripa—. No, nada de vino. No le gustaría.
Yo asiento. El bar está lleno a estas horas. Dejo que la mirada vague por el local en busca de esas familias que hasta ahora me han pasado desapercibidas. Esos niños sentados a la mesa, o corriendo entre ellas. Esos bebés dormidos en los carritos. Esas madres atentas a cada gesto, a cada movimiento. Esos padres que también deberían estarlo.
Sé que voy a disfrutar esta nueva vida.
Sé que vamos a hacerlo bien.
Recuerdo entonces a mi padre. Recuerdo que, como nosotros, él también tenía su bar. Ese lugar especial, personal, al lado del bloque de viviendas en el que vivíamos de alquiler. Pero nosotros nos quedábamos en casa, con mamá, hasta que él regresaba. Más tarde. Mucho más tarde. Siempre después de cenar. Muchas veces ya estábamos dormidos.
Era lo mejor.
Aspiro el aroma del vino, lo dejo sobre la barra.
—Voy a pedir un zumo —digo.
Carmen me mira con curiosidad.
—¿Y eso? ¿A qué huele tu vino? ¿A naranja? —bromea.
Yo llamo al camarero. Me siento violento pidiendo un zumo de naranja, como si no fuera correcto lo que hago. Es tan absurdo sentirse así, avergonzado de sentir que no debería pedir un zumo en un bar, que me ruborizo.
—No —respondo, y aunque trato de sonreír esta vez no lo logro.
Carmen se acerca. Me mira con esos ojos como abismos en los que me gustaría perderme y volver a encontrarme.
—¿A qué entonces? —pregunta, muy seria.
Yo bajo la mirada, bebo un trago de ese zumo de naranja que tan bien me sabe.
—A mi padre —digo—. Huele a mi padre.

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