Microhistorias sin sentido (o pué que sí)
Aún recordaba su primer beso. Después de aquel instante todo se precipitó. La transformación. La boda. La maternidad. Todo se fue al carajo.
Cogió la cesta y soltó los renacuajos dentro del pozo.
—¡Mamá! —gritaron los pequeños mientras la gravedad los entregaba al agua.
«Me salió rana» pensó la princesa.
Simeón, el mago, apuntó al casco mientras gritaba «¡Aurum flash!»
Un segundo después donde había un plateado y reluciente yelmo reposaban un par de calcetines de lana.
Se acercó al grimorio y escribió «Tercer intento. No es oro pero bien podría sacar tajada de la fallida transmutación»
El cuervo se posó en la torre más alta de la ciudad de Conca. Encontró el pequeño saco con que siempre le recibía Aldöm. Asombrado al verlo vacío reparó en la niña al fondo de la estancia. No era el único que portaba malas noticias.
Cuando Juan, el becario, planteó mejorar la calidad de materiales para construir la nueva sede de la empresa todos rieron. Poco reían ahora mientras Braulio, el bedel, tapiaba sus nichos. Él tampoco se reía. No les perdonaba que no le hubieran invitado a la inauguración.
Podría haber adquirido invisibilidad o rayos en los ojos. Volar, ese sí que era un gran superpoder. Ya no lo recibían con entusiasmo en el equipo de Guardianes de la Justicia después del último incidente.
Pedomán odiaba ser un superhéroe.

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