Encuentros en la tercera frase – El lápiz rojo
Inicié mi periplo en el cine de licántropos viendo El lobo humano (1935), protagonizada por Henry Hull y con Stuart Walker en la dirección. Ya hace unos cuantos años de aquello. El caso es que, en ese momento, yo no sabía nada de la historia hollywoodiense —sigo sin saberlo; solo veo películas—, ni sobre un hombre que respondía al nombre de Will Hays. Tras informarme, descubrí que era el encargado de decidir qué se podía o no filmar. Desde luego, el lápiz rojo de la censura siempre ha sido muy afilado, no solo en Norteamérica. También, durante muchos años, en España. Considero que censurar el arte, sea cual sea su disciplina o forma de expresión, es de una necedad mayúscula y, generalmente, resulta contraproducente. Acuérdense del libro Fariña, de Nacho Carretero, cuya prohibición no hizo más que animar a la gente a comprarlo en masa. Desconozco si por el placer de transgredir una orden y que el futuro se vuelva respirable, como escribió Mario Benedetti, o porque cada uno tiene derecho a leer lo que le salga del pandero. Así debe ser siempre.

Nunca, bajo ninguna circunstancia, creencia o ideología, una persona puede coartar la libertad de creación de un artista. Según leí, en el caso de los lobos, las metamorfosis no podían ser muy radicales, con el fin de que el personaje luciera más humano que bestia. Ahora que lo pienso, el título en español le viene que ni pintado: El lobo humano. En inglés se tituló Werewolf of London. Cosas del cine. En este mundo loco que tenemos, cada vez hay más cosas incomprensibles. Imaginen que, de golpe y porrazo, algún listillo decide censurar Los Nenúfares, de Monet. Porque sí. Porque pervierten a la juventud, por ejemplo. Puestos a decir gilipolleces, esta puede ocupar los puestos altos de la lista. Es cierto que ha habido películas, como Viridiana (1961), donde el final modificado es incluso mejor que el filmado inicialmente. Cuando le dijeron a Luis Buñuel que rodase uno alternativo tras tildar el primero de inmoral, el genio de Calanda decidió incorporar al personaje de Ramona, la criada —Margarita Lozano—, sugiriendo un trío sexual. «Bien sabía yo que mi prima Viridiana terminaría jugando al tute conmigo», suelta el primo, interpretado por Paco Rabal. Puedo comprar que, en ocasiones, la censura haga aflorar todavía más el ingenio y el virtuosismo de algunos creadores, pero el arte, si es libre, mucho mejor. Eso sí es vanguardia y modernidad, y no lo de utilizar «AOVE» para referirse al aceite de oliva.

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