Peces
Vi como el banco de peces se alejaba mientras aquella voz chillona se acercaba a la playa. Odiaba a esos muchachos. Siempre por allí dando por saco con sus juegos. Si los pequeños eran repelentes los mayores eran peor aún. Alguna madrugada había llegado a mi lugar preferido y los había encontrado durmiendo desnudos en las rocas. No se podían ir a follar a otro sitio, hostia. Yo ni siquiera iba a allí a pescar. Disfrutaba del placer de contemplar todos aquellos animalillos nadando.
Llevaba mi caña y un cubo. Ni anzuelo, ni cebo, ni sedal. Gozaba de ser testigo de aquellas maravillosas danzas acuáticas.
Más de una vez había tenido que escuchar las preguntas inoportunas del pequeño y el gordito. Que si porqué no pescaba nunca nada. Que si porqué no lanzaba cuerda al mar. Que si su padre pensaba que no estaba en mis cabales.
Cuando los encontraba por el pueblo no me era más grata la situación. Siempre con las bicis silbando aquella canción de mierda mientras sus padres se metían un gintonic tras otro entre pecho y espalda de terraza en terraza.
El chaval de los gritos pasó de largo. Repetía aquella frase una y otra vez. Ni rastro de ningún otro cardumen. Aquel atontado me acababa de joder la mañana. Pronto llegarían los primeros bañistas y el sol comenzaría a picar, señales inequívocas de que era mejor huir de aquellos lares.
Me calcé la gorra. Recogí el cubo y la caña.
A mi qué cojones me importaba el puto Chanquete. A ver si ahora se llevaban aquel barco ruinoso de allí. Menuda vergüenza de ayuntamiento. Al menos con el viejo borracho muerto no tendrían que luchar contra la opinión pública. Creo que aquel fue el momento en que decidí comenzar a pasar los meses de verano en Sansenxo, lo cual a la larga tampoco fue una decisión muy acertada.

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