Cuento infantil (Círculo de traductores)
Mi padre se compró un borrego al que puso mi nombre. Mientras yo iba a la escuela y trataba de aprender a conducir vehículos a motor. A mi padre le enterramos hace años, pero aún recuerdo el día que llegó a casa con aquel borrego atado de una cuerda, al que llamaba como a mí. Yo le miraba, sentado en un rincón del comedor, con un libro de iniciación al estudio, un picor de orejas y poco más que decir. Por la ventana todo parecía ideal, como cuando me levantaba por las noches con ganas de vivir el silencio. Cada día, mi padre lo estrujaba entre sus brazos y lo llevaba a ver como crecían los trigos, los tigres, las manzanas de los árboles y el musgo detrás de las piedras. Otro día, el borrego de mi padre, se sentó en mi silla y chuperreteó mi plato pequeño con sabor a yerbabuena. Me empezó a costar mucho algo tan sencillo como patinar. Mi padre nunca fue capaz de decirme nada acerca de lo que pensó de mí el día aquel que me dejé de hacer pipí. Otra noche, al ir a acostarme, el borrego ya se había metido en mi cama. Estuvo estornudando toda la Santanoche y no me dejó dormir, mientras yo le miraba de pie, en un rincón de la habitación, con un libro de iniciación al estudio, un picor en las entrañas y poco más que decir. A mi padre le enterramos hace años y me habla todas las noches. Ahora me dedico a valarvaladas inmensas.

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