Un ruido bajo la escalera no me deja dormir
—Un ruido bajo la escalera no me deja dormir, Tommy–me había dicho Ellis.
Hoy he visto a mi hermano nervioso, durante el desayuno del lunes le costaba masticar, tenía la mirada clavada en la escalera.
Dice que eran arañazos muy pequeños, casi golpecitos, el sonido que haría alguien tratando de sacar la cabeza del clavo de un tablón de madera.
Se lo dijo a papá, no le creyó.
Se lo dijo a mamá, tampoco le creyó.
Se lo dijo a Manchitas por la tarde y este lo siguió hasta las escaleras.
Ambos bajaron.
Dijo que había cosas olvidadas de vidas pasadas que se amontonaban en cajas con nombres irrelevantes. Ahí debían estar mis cajas de cómics, el baúl con los esquís de Ellis, los palos de golf de papá o el juego de sábanas y mantas que mamá heredó de la abuela y que nunca usa. Y muchas cosas más, recuerdos enclaustrados.
Dice que el gato husmeó. Se frotó con cosas con la cola levantada y melosa. Estaba tranquilo.
Dice que la madrugada del martes empezó a sonar de nuevo, un sonido más largo y comedido pero ahora la casa estaba en silencio, sin ruidos ni maullidos. Se lo dijo a papá y no le creyó.
—Fueron los cimientos, hijo.
Se lo dijo a mamá pero tampoco le creyó.
—Un ratón será, que se ocupe el gato.
—¿Tú has visto a Manchitas, mamá? No lo he visto esta mañana.
—Ocupándose estará, tranquilo.
Entonces, Ellis me lo dijo y bajamos a inspeccionar.
Mi hermano mayor bajó primero las escaleras, linterna en mano.
Yo bajé detrás.
Nos callamos. No había sonido. El silencio lo impregnaba todo.
—Qué chorrada —exclamé.
El miércoles, Ellis me despertó en plena madrugada.
—¿NO LO OYES? —me preguntó Ellis gritando en susurros mientras yo parpadeaba. Tenía los ojos hundidos bajo toda la vigilia. El sonido era vibrante, casi pulsátil, como un latido
frotado. —¿VES?
“fras fras fras”, como un pulso que perforaba el silencio.
—Lo veo, lo veo.
Bajamos. El aire era frío, seco, un ladrón que se colaba entre los huesos.
El silencio allí no existía. Nuestra respiración se mezclaba con el ruido tras la madera de los escalones.
Ellis se acercó. Puso la oreja. Innecesario pues el sonido en ese instante era total.
Y entonces gritó. Gritó como no había gritado jamás. Gritó, como si el alarido ahuyentase a la Muerte. Papá bajó con la escopeta cargada y encendió la luz bajo la escalera. Además de la escopeta, papá llevaba la cara congestionada y las pantuflas del ejército.
Ellis de ojos hundidos ahora los tenía desorbitados y enmudeció ante la luz de la bombilla.
Su boca jamás volvería a producir sonido alguno.
La madrugada del jueves pude dormir. Mamá dice que Ellis duerme con los ojos abiertos.
Ya no escucho el ruido bajo las escaleras pero escucho la voz de Ellis, gritando entre la madera. Quizá se quedó atrapada en las paredes, quizá en mis tímpanos, reverberando en mi cráneo. A pulsos. Entre capas y cortinas. Cada vez más rápido. Cada pulso acelera.
La madrugada del viernes también pude dormir pese a los gritos que arrullaban. Ese día, ante la falta de reacción de Ellis, vino el médico. No sabe qué le pasa. “Susto o muerte” me pareció entender.
La noche del viernes, otro logro conseguido. Sueño profundo.
Al despertar, Ellis no está. Su cama, vacía y fría.
Mamá en la cocina, llorando.
Papá en el taller, llorando.
Manchitas y Ellis se han marchado.
Búsqueda policial. Búsqueda vecinal. Búsqueda familiar.
Ninguno aparece.
El sábado me acuesto.
Ya no escucho a Ellis gritar…
…pero un ruido bajo la escalera no me deja dormir.

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