El libro del agua
Por aquel entonces vivía en una isla. Yo era muy joven, apenas tenía cien años y unas inmensas ganas de aprender. En aquella isla no había nada, ni nadie, ni siquiera estabas tú. Mi isla tenía poco más de dos metros de largo por metro y medio de ancho, parecía un lienzo de fondo blanco marino. Y estaba rodeado de mar.
Recuerdo que por aquel entonces pasaba los días y las noches mirando el mar como en una cárcel añil en la que, muy lejos de sentirme prisionero, me ofrecía la libertad. Y me puse a pensar.
Y pensaba mientras escuchaba aquellas palabras formadas por gotas de sal, y que me desvelaban todos los misterios azules, todos los tesoros escondidos tras un plano imaginario, todas aquellas historias de marinos, piratas, navegantes y sirenas muertas de tanto amor por nadar. Todos los cuentos de buques fantasmas, fragatas de guerra, navíos a medio hacer, barcazas mercantes o veleros a contrapié. También de algunos barcos de papel.
La Verdadera Historia del Mar, la Verdadera Historia de la Sal, la Historia de los Viajes, de las Olas en Penumbra, de las Gaviotas Encendidas, de los Atunes Mercenarios, los Besugos Revolucionarios, las Barbas por Rapar o de los Salmones a puntito de llegar.
Y aquellas rocas. Y aquellos bancos de coral. Y me puse a pensar en isla prisionera por tanto mar, elevando la mirada mucho más allá de lo que mis ojos y mis labios agrietados pudieran llegar a atisbar, hasta toparme con las nubes.
Me quedé dormido. Luego me desperté. Y descubrí el color, y el sabor y el tacto sublime de los sonidos marinos de la escala del azafrán. Y descubrí la simetría perfecta que forma las formas de las olas con los ribetes gaseosos de esas nubes que no son otra cosa que el mismísimo Mar del Cielo, como un continente eterno por explorar, como una geografía perfecta por definir. Me desperté arremolinado en mi isla misteriosa y particular. Y entonces lo comprendí: En el cielo también hay un mar. Un mar de nubes repletas de agua que dan forma, mirada, textura, sentido y color a este mar que me rodea por todas partes, que me abraza, que me asfixia y me acuna como a un niño perdido en alta mar, mecido por ese son de mar, y que le arrulla mientras le susurra todas y cada una de las narraciones, todas y cada una de las ilustraciones que bien pueden caber en trescientas treinta y ocho mil páginas de un libro de mar y de nubes.
Los monstruos marinos están ahora dormidos y sueñan con la incertidumbre de la luz. En mi isla no había nada, ni nadie, ni siquiera estabas tú, por ello esgrimí una pluma y un pincel, y te dibujé.

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