Cuento japonés
Me contaba mi amigo Pablo Isachiko que sus abuelos siempre fueron mayores, me lo contaba como en una especie de cuento japonés.
Y me contaba cómo se conocieron y cómo conocieron las burbujas de colores, el lenguaje de las flores y el nombre de todas las cosas también. Y de cómo, cada tarde, después de tomar el té juntos ascendían la ladera del Fujiyama, cogidos de la mano, para observar el baile de las nieves perpetuas que allá arriba anidaban.
Y cómo, siendo mayores, siguieron creciendo y conociendo todo lo que el ojo rojo del sol naciente y la montaña azul desvanecida hacían adivinar entre tanta paz y tanta guerra cada día. También la sonrisa de los pájaros obscenos del mediodía.
Me contaba mi amigo Pablo Isachiko que sus abuelos tuvieron muchos niños, de todas las razas y sabores, y un montón de mariposas y varias efigies de mujeres pequeñitas forjadas a hierro o acero, a seda silvestre, barro cocido o besos de fuego.
Y el eco de la muralla bajo sombra oriental. Y el pacer de las cebras. Y la caricia de la luna amarilla.
Y luego me contó Pablo cómo sus abuelos un buen día, y muy poco a poco, cuando eran más mayores todavía, fueron todo olvidando, primero la línea de la montaña, después el deshielo de la nieve, luego todos los nombres, más tarde los suyos, después el uno al otro, y al fin, hasta vivir olvidaron.
Y desaparecieron, olvidándolo todo, como un cuento japonés diminuto.

Los textos, imágenes y demás medios que se publican en esta web están sujetos a la licencia CC BY-NC-SA 4.0 salvo que se indique lo contrario.
Si te gusta puedes compartir...
