Navidados en llamas 2025
Llegó el momento. Aquí tenéis las participaciones a la primera de las iniciativas lanzadas desde facerArder.
( Esta fue la convocatoria lanzada: https://facerarder.com/navidados-en-llamas-2025/ )
Gracias a todas las autoras por animarse a mover su creatividad y regalarnos estas historias. Ahora ya serán de todas las llamitas que se pasen por aquí.
Recordad que facerArder es un proyecto comunitario. Si tienes ganas de lanzar una iniciativa en la comunidad para promover la creación conjunta no dudes escribirnos a info@facerarder.com
Supercandado – Lourdes Hidalgo Hervás

Ya llega la Navidad y con ella infancias felices, alegría, magia y paz mundial… o no.
El hombre de rojo con barba blanca tenía la llave que abría la Navidad. Pero algo en él estaba oscuro. Le había consumido el espíritu del capitalismo.
Suerte que apareció Súper CanDado y nos salvó.
Wrap up electoral – Eduard Balcells
¡Se vienen cositas, chicos! Las buenas gentes del Partido Podenco nos han enviado un regalito. Cuter, rig-rig-rig, abrimos, ¡Qué habrá! Oh, hay una cajita cerrada con candado y un sobrecito. Zap. Dentro del sobre… Oh, vamos a ver, a ver: Leo: Di Molag Baal en voz alta.
La caja sufre bruxismo extremo, retuerce sus encajes, burla toda física y finalmente se desfragmenta en cristales azabachos. Queda a la vista una llave carnosa atada a un llavero que pone: Vota Partido Podenco, acaba con el mal menor.
Van a por todas los propagandistas del Partido Podenco ¿Qué pensáis, chicos? Like si opináis que no debería votarles, compartid si creéis que sí. ¡Gracias y hasta siempre, que será mañana, no os olvidéis, directo a las seis!
El arte de esperar – Dani RF
Llegaste a mi vida las navidades en las que despedimos a la abuela Manuela, mi primera gran pérdida. Tú fuiste mi primer gran descubrimiento.
Al tercer día me hablaste de la llave. “¿Qué llave?”, pregunté. “La que abre tu corazón, me quedaré con una copia”, respondiste con mirada diablesca.
Vinieron semanas reveladoras. Paseábamos discutiendo si GnR eran unos pasteles (tu sí frente a mi adoración por Sweet Child of mine), o debatiendo cual esnobs si “El Túnel” era un libro para adolescentes (tú decías sí y yo no).
Se fue el frío y desapareciste. Y la vida siguió su curso obviando tu ausencia. La gente reía, lloraba, amaba y viajaba en metro como si nada. Yo no lo comprendía ¿cómo podía ser?
Con los años terminé arrastrado por esa misma corriente. Reí, lloré, amé, y seguí apeándome en el andén en curva que tanto te divertía.
Es Navidad y estoy en el cerro de nuestro primer beso. Del bolsillo he sacado la llave que guardaba y la he arrojado al horizonte.
¿Qué más da si el candado de mi corazón quedó abierto o cerrado? Sé que sigues teniendo copia de la llave y que un día volverás.
¡No me jodas! – Nino Fornotessa
El primer sorbo de brandy bajó por mi gaznate. Semanas de desestimar centenares de propuestas para no pasar esta noche en soledad habían dado su fruto. Las miles de maneras de pedir auxilio en las reuniones familiares habían evolucionado diabólicamente. Con la excusa de mi soledad pretendían que les acompañara en los naufragios sociales que acompañan en estas fechas a las luces, la excesiva comida, el intenso consumo de alcohol y todas esas vomitivas tradiciones acompañadas de gruñidos varios llamados villancicos.
Mi segunda copa se vio interrumpida por el timbre. Maldije a quien molestaba mi conquistado descanso. En el suelo del porche descansaba un viejo cajón de madera con una K grabada a fuego. Un oxidado candado paró los pies a mi curiosidad. Lancé aquella antigualla contra el cemento del patio. La llave había estado debajo. Ya no era necesaria.
De las tablas rotas brotó una sombra. Noté su abrazo. Su aliento. Su alegría al encontrar el miedo, el odio y el desespero en mi interior.
Emergieron sendos cuernos en mis sienes. Mi larga lengua roja saboreó el sabor helado de la noche. Era la hora. Recibirían sus castigos. Tenía mucho trabajo por delante. Comenzaron a trotar mis pezuñas.
Una Navidad diferente – Sandra Serrano
La Navidad en Tokio se sentía irreal: un rito importado y transformado, sin villancicos ni alma. Las parejas compartían pasteles de nata y fresas bajo una atmósfera de San Valentín impostado, mientras las colas en el KFC cumplían la insólita tradición del pollo frito, nacida de una campaña publicitaria en los años setenta.
Ethan estaba allí para cerrar un capítulo: la herencia de su abuela.
Debía ir a su vieja casa, en Asakusa, lo único que lo unía a sus antepasados nipones.
Giró la llave del candado oxidado y cruzó el umbral. Un escalofrío recorrió su espalda. Allí revivió los relatos sobre yōkai que su padre le contaba: miedos heredados de una infancia que nunca le había revelado. Entre máscaras, papeles y fotografías, Ethan recompuso el puzle de una vida fragmentada. Comprendió al fin la carga silenciosa de su padre, hijo mestizo de un soldado americano y una japonesa. Una existencia que la posguerra obligó a esconder entre esas cuatro paredes.
Respiró hondo y llamó a su familia en Nueva York. La distancia desapareció con las risas de sus hijos. Al colgar, tuvo la certeza de que el verdadero hogar es, sencillamente, el lugar donde no existen los secretos.
24 de diciembre – D. Lovksy
La chimenea estaba encendida a pleno rendimiento, mi hermana Rosana, como siempre, era la encargada de asar las castañas. Mi madre se sentaba en su sillón orejero de color mostaza y disponía lo que teníamos que hacer los demás. Sabíamos que todo había quedado a su gusto cuando decía “Y ahora, ya puedes cerrar el candado con llave, somos los que somos y estamos los que estamos”.
El cordero estaba en la mesa, el tocadiscos sonaba con villancicos y los seis comensales estábamos sentados por orden de prioridad para mi madre: ella presidía, a su derecha estaba mi padre, junto a mi padre me encontraba yo y enfrente mis dos tíos y mi hermana.
La cena estaba siendo agradable, mis tíos contaban anécdotas pese a la poca gracia que le hacían a mi madre y mi padre contaba la misma historia de todos los años: aquel episodio en el que un ciervo le rompió los pantalones con su cornamenta y anduvo diez kilómetros en calzoncillos.
La luz del salón se apagó. Una sombra se posó junto a la puerta y tres disparos retumbaron.
—¡A quién se le ocurre cenar escuchando a David Bisbal! —era mi vecina Chenoa.
Abrazo – J. Zekamika
La llave chocó contra el mar al fondo del acantilado. Las rocas la guardarían a buen recaudo. Había enterrado el arcón en las catacumbas de la iglesia. Sintió alivio.
Escuchó un cencerro y una sombra se interpuso entre ella y la luna. Al girarse lo vio. Sus largos cuernos. Sus orejas puntiagudas. Sus patas de cabra.
—Olvidaste cerrar el candado —gruñó moviendo la larga lengua roja.
“Vaya mierda de fin de año” pensó.
El Krampus dio unos pasos y la abrazó. De sus pupilas rojas como rubíes afloró un río de lágrimas.
Trance – David Díaz Garrido
Cual turbio nubarrón, sometiéndome a una sórdida agonía, aquella situación me bloqueaba, me apresaba en una soporífera y angustiosa suspensión del espacio-tiempo. El contraste de aquella frágil condición mía con la jovial calidez que desprendías, tan compartida a su vez y tan propia de las últimas noches del año, agudizaba mi melancolía.
Conduciendo a través de la noche, densa como un murmullo en la nieve, el viento callaba, la carretera callaba, la radio callaba. Y tu voz atenuada, reducida a un rumor ininteligible, era un fluir de miel entre tus blancos, selénicos dientes que destellaban intermitentemente entre tus labios. Labios tuyos que parecían deletrear mi nombre una y otra vez buscando mi redención, intentando rescatarme de lo más profundo de mi gélido delirio.
La llave que abre el candado de la Navidad – Isabel Paniagua Toro
En la quietud de la Nochebuena, Rocío buscaba la vieja caja que mencionaba su padre, decía que había una llave secreta tenía que enfrentarse a sus miedos.
Mientras subía las escaleras vió la puerta del trastero entreabierta. Se dió cuenta que debajo de un viejo mueble estaba la caja, se acercó a cogerla.
Sacó la llave, sintiendo las manos temblorosas dió dos vueltas al candado. Rocío respiró hondo y dando un paso atrás, aguantó la respiración, sintió una sensación que le corría por todo el cuerpo.
Abrió la caja, una sombra oscura salió. Se puso delante de ella, vió que al mirarla se iba alejando hacia la ventana e iba haciéndose pequeña, corrió detrás del monstruo que vivía en el trastero,
Era imposible no emocionarse viendo algo tan oscuro que cumplía con esos regalos.
Al mirar la caja se dió cuenta que al lado del candado había una nota, se acercó y pudo leer una frase que haría cambiar su vida: No temas a la oscuridad y así verás la luz.
Salió a la calle.
Mirando las luces, se prometió que nunca más volvería a tener miedo; tampoco olvidaría los recuerdos que no quieren ser olvidados.
Navidad.
El cerrajero – Flaco burlón


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