Fatalidad
Un día leí la historia de Sam Bartram, portero del Charlton Athletic. Cuentan que, durante un partido jugado bajo una niebla muy espesa, Sam permaneció impasible en su portería convencido de que su equipo atacaba, hasta que un policía salió de entre la bruma y le avisó de la suspensión del encuentro quince minutos antes. Y os lo cuento porque así llevo yo meses viviendo, agazapado, esperando que en cualquier momento un nuevo ataque perturbe mi tranquilidad. Leed estas líneas y lo entenderéis.
Llámalo signo, llámalo mala sombra, incluso llámalo destino, pero lo cierto es que desde que aquella figura apareció por mi pueblo todo pareció inclinarse hacia el desastre. Yo sin duda lo llamo fatalidad.
Era más una sombra que un hombre. Figura lánguida, de trazos perfilados, que no invitaba a la cercanía. Una presencia oscura que no necesitaba siquiera hacer ruido para ser percibida por la gente del pueblo como siniestra. Su paso era pesado, como si la tierra misma absorbiera su energía. Sus ojos, profundos y penetrantes, reflejaban una frialdad absoluta, lo que provocaba que cualquier intento de conexión humana fuera casi imposible. Nadie podíamos mirarlos sin sentirnos invadidos por una sensación extraña, como si estuviéramos siendo desnudados de nuestros pensamientos más íntimos.
Su voz, cuando hablaba, era baja, casi imperceptible, pero cargada de un peso que hacía que cada palabra se impregnara en el aire. No había calidez en ella, ni compasión, solo precisión dramática, como si estuviera diseñada para imponerse al resto.
Pronto todo el pueblo fuimos conscientes del riesgo que parecía acechar, nadie nos sentíamos seguros con su presencia, vaciábamos los bares cuando él llegaba y silenciábamos las calles a su paso. No hacía falta que el peligro fuera explícito, era tan palpable que se volvía imposible ignorarlo. Hasta la gente más ingenua y confiada dudaba de sus intenciones.
Siendo su naturaleza tan aparentemente dañina, lo que parecía predestinado comenzó a suceder. Al principio, los sucesos fueron aislados y hasta puede decirse que nimios comparados con lo que estaba por llegar.
Animales desaparecidos que aparecían muertos en circunstancias nada claras, como aquella oveja del pastor que encontramos a las puertas del cementerio municipal. Puertas de lugares públicos que amanecían abiertas sin explicación y sitios profanados de la forma más extraña, como cuando el campo de fútbol amaneció repleto de pequeñas cruces de madera, colocadas en forma de equis. Luego la violencia escaló. El primer asesinato fue el de Pedro el herrero, al que encontramos en unas condiciones que no tengo el valor de describiros sin desfallecer. Todo parecía cuadrar, el culpable parecía evidente, pero no aparecían pruebas certeras que lo pudieran incriminar ni llevar a su detención. Nadie vio nada que relacionase a aquella persona con aquel crimen, pero nadie dudaba de su participación.
Con el tiempo, sufrimos más tragedias. Tarso, el médico, apareció colgado en su consulta. Y a él le siguieron Petro, Juani y Dolores, que fueron encontradas en circunstancias igualmente aterradoras, con signos de una violencia antes desconocida incluso para las personas que investigaban los sucesos. Lo teníamos claro, los crímenes no solo buscaban quitar vidas, sino sembrar el terror en nuestras calles, en nuestras casas, en nuestros campos, lugares en los que hasta entonces habíamos vivido plácidamente. Nadie se libraba de poder ser la siguiente víctima. El silencio o la huida del pueblo parecían las únicas opciones.
Sin embargo, muchas personas vencimos el miedo y empezamos a señalar sin tapujos a esa figura siniestra. Se le puso vigilancia, pero nada se obtuvo. Era tan escurridiza y silenciosa como lo era su propia sombra. Los rumores sobre aquel personaje proliferaban más allá de nuestras calles. Que si no era terrenal, que si anteriormente había actuado en pueblos cercanos, incluso que se trataba de un castigo heredado de tiempos inmemoriales que debíamos soportar sin más.
Mientras tanto vivíamos en un estado de constante miedo. Ni reíamos, ni amábamos ni casi soñábamos, nuestra vida era pura inercia, reducida a lo estrictamente necesario, colegio, trabajo y actividades de subsistencia.
El tiempo fue pasando y los crímenes empezaron a espaciarse en el tiempo hasta que un día parecieron cesar. Sin más. De buenas a primera también dejamos de verle y, después de meses de terror, una extraña calma se extendió por el pueblo. Aunque con cautela, empezamos a salir de nuestras casas. La niebla que antes lo envolvía todo comenzó a disiparse y, las calles, desiertas y oscuras, volvieron a llenarse de vida. Regresaron los murmullos y las risas. Hasta volvimos a dejar las puertas de nuestras casas abiertas durante el día, algo que no se veía desde hacía tiempo. Hubo gente que se hasta se aventuró a disfrutar de las noches, cosa impensable semanas atrás.
Con el tiempo, todo pareció convertirse en una leyenda, la leyenda del pueblo maldito que había vivido bajo el yugo de aquella sombra y que, pese a todo, había sobrevivido a ella.
Hasta hoy. Hoy mi primo ha visto de nuevo a aquella figura merodeando por los alrededores del pueblo. Ha cogido sus cosas y se ha marchado a la ciudad. No ha querido decir nada a nadie salvo a mí. Me ha avisado con un escueto mensaje parafraseando a Napoleón, “primo, una retirada a tiempo es una victoria”.
Y aquí estoy yo, como Sam el portero, esperando entre la niebla que comienza a levantar. Por favor, haced como aquel policía de su partido y avisadme cuando llegue el fin de esta pesadilla. No quiero ser el último en enterarme.

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