Muere, monstruo. Muere.
Habíamos reparado en sus incisivos ya en nuestra primera charla con él. Felipe nos trataba de usted y nos contaba historias asegurando que habían ocurrido muchísimos años atrás. Quizás cientos. Nos mostrábamos siempre atentos a sus palabras en cada cita de cuantas habíamos tenido en Casa Ramón. Se empeñaba en quedar pasadas las once de la noche. Habíamos contactado con él en la web de Forobugas a primeros de año y ya desde entonces había tratado de quedar con nosotros en el centro de la ciudad. Al final, y tras meses de charlas en la red, habíamos concretado una primera ocasión para vernos en Septiembre y desde entonces nos encontrábamos con él dos o tres veces por semana. Siempre en el mismo sitio.
Ya en las primeras ocasiones bromeábamos con el color pálido de su tez y le lanzábamos bromas sobre cierta zona de Rumanía o le increpábamos para que pusiera un acento de allende los Cárpatos que en ningún momento le escuchamos hablar puesto que se notaba claramente que era argentino. Sin embargo, y a pesar de nuestras sospechas de poder estar en peligro, seguíamos quedando una y otra vez en el mismo lugar y a la misma hora. Contaba historias fascinantes. Él atendía a su vino. Nosotros a los tercios de cerveza que iban cayendo uno a uno hasta que Rubén, el camarero, nos echaba de allí después de haber adecentado el local para el día siguiente.
A mediados de Octubre descubrimos algo que nos heló la sangre. Felipe se levantó en mitad de una de aquellas interminables sesiones para ir a mear y nos dimos cuenta de que no se reflejaba en el espejo que había junto a la mesa. A uno y otro lado del cristal el mismo aplique, la misma cenefa y la misma lámpara que teñía de amarillo las estancias idénticas, pero él sólo en uno de los lados. Allí acabaron las bromas. Antes de que regresara del baño, y habiendo dejada pagada la interminable ristra de cervezas que habíamos tomado, pedimos a Rubén que le dijera a nuestro anciano amigo que habíamos tenido una emergencia y salimos corriendo del local. Lo cierto es que sí habíamos tenido una emergencia: la de luchar por nuestra vida. Una lucha que nos hizo correr calle arriba sin pararnos a mirar atrás. Quizás para entonces nuestras almas ya estaban perdidas por entablar relación con un ser diabólico pero teníamos la firme intención de mantener a salvo nuestros cuellos. Nuestros cuerpos.
Durante los siguientes días evitamos la web donde habíamos conocido a Felipe pero cuando inevitablemente intentamos volver a la normalidad de nuestra vida social descubrimos que teníamos varios mensajes suyos. Lejos de haberse molestado por nuestra estratagema el hombre llevaba todo este tiempo pretendiendo saber si estábamos bien. Y nosotros, lejos de sentirnos culpables, entendimos que no era cuestión de brindarle la oportunidad de prepararnos una emboscada. Atrincherado tras su falsa preocupación querría un nuevo encuentro en el que finalmente darnos caza.
Con toda la posible falsa cordialidad que pudimos le hicimos saber que una vez pasado el susto de la emergencia, de la que no dimos detalle alguno, todo había quedado en nada. Él aprovechó la buena nueva para proponer un reencuentro. Tras varias deliberaciones internas, Paco y yo decidimos que era inevitable atender su convocatoria. La última.
Acudimos a la cita casi una hora antes para procurar tener libre el sitio de siempre. No era algo que fuera importante pero nos hacía ilusión. Portábamos unas mochilas que previamente habíamos revisado en el viaje en bus hasta allí. En ambos casos nos habíamos provisto de un par de estacas, una cruz de plata, una botella de ciclista llena de agua bendita, varias cabezas de ajos y algunas barritas energéticas que nos procuraran un extra a la hora de desempeñar tan ardua tarea de acabar con aquel ser del demonio. No faltaba tampoco un mazo con el que ayudar a empalar su corazón en caso de que el tórax ofreciera resistencia.
Rubén nos atendió diligente nada más llegar y pedimos unas bebidas energéticas que sumar a nuestras barritas. Una rápida ingesta de ambas antes de que llegara Felipe nos sumió en un estado de alerta perpetuo con el que afrontar la terrible empresa. Mirábamos a nuestro alrededor quizá esperando una emboscada por parte de bestias como él. Rubén despachaba cafés y refrescos por las mesas adyacentes, donde no supimos o quisimos ver amenaza alguna. Convenimos en actuar sosegadamente antes de atacar de manera que el nomuerto fuera pillado por sorpresa.
El reloj de cuco de Casa Ramón terminaba de dar las once cuando nuestro temido nosferatu atravesó el umbral del establecimiento. Respiramos profundamente y alojamos las mochilas a nuestros pies. El cainita miró hacia el sitio de costumbre y sonrió dejándonos ver sus colmillos mientras se acercaba.
—Rubén, ¿traés un vinito y a mis amigos gallegos sus acostumbrados zumos de cebada? —gritó Felipe ya junto a nuestra mesa.
Paco, a pesar de nuestro acordado plan, se avalanzó salvajemente sobre el chupasangres argentino vaciándole el contenido de la botella de agua bendita sobre la cara. La sorpresa sumó puntos a nuestra ofensiva y un Felipe desorientado y perplejo comenzó a lanzar improperios contra mi amigo. Yo aproveché nuestra ventaja y, estaca en mano, arranqué los botones de la camisa de aquel engendro maligno. Justo encima del corazón pudimos ver la marca. Una cruz gamada tatuada a varios colores lucía descolorida en aquella piel cecina y gris. Paco saltó sobre él y le clavó una de sus estacas al grito de «¡Muere, monstruo. Muere!»
A la estupefacción de las miradas de cuantos poblaban el local se sumó la nuestra cuando comprobamos, con Felipe agonizando a nuestros pies, que no nos reflejábamos en el espejo aledaño a la mesa. Desde el otro lado de la luna el reflejo que se nos devolvía era el de una sala idéntica a la que estábamos llena de gente que grababa la escena con sus smartphones en la mano.

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