Habitación Propia – Edificando comunidad. Apología de la construcción con perspectiva de género.
Nací en un barrio de esos construidos deprisa en los años 70, sin muchos servicios públicos, tardaron años en construir colegios y zonas deportivas, no había galerías comerciales con tiendas para hacer la compra y casi ni comercio de barrio, sin transporte, ni espacios comunitarios, con ventanas pequeñas, obstáculos infinitos en el portal (nada de ascensores y todo lleno de escaleras hasta para al piso del bajo), sin calefacción, en el extrarradio de una gran ciudad. Reyes Gallegos (1) lo define como cárceles de materiales humildes, ciudades dormitorio, donde la cantidad estaba por encima de la calidad.
Los entornos urbanos se han diseñado históricamente, en palabras de Zaida Muxí (2) desde una mirada masculina y productivista. Y entonces me pregunto, como ella, ¿cómo están estructuradas las ciudades? ¿a quién benefician? Y añado, ¿hacia dónde se dirige nuestro urbanismo y qué narices tiene que ver urbanismo con la perspectiva de género?
Además, te advierto, no pienses que eso ya está superado, que ahora las construcciones son mucho mejores que las de los 70. Incluso en barrios que pensamos y definimos de mayor calidad, también en el extrarradio de las grandes ciudades, seguimos construyendo, con un patrón productivo, donde las personas no están en el centro, sino la producción, los vehículos a motor y el individualismo.
Ahora lo que tenemos en los barrios nuevos del extrarradio son los llamados los edificios cebra (3), construcciones gigantescas de comunidades de más de 150 viviendas, construidas hacia adentro, con piscina, pistas de pádel o parque infantil y 2 plazas de garaje mínimo. Hacia el exterior avenidas solitarias, sin comercio local, sin mercado (claro no hace falta porque tenemos las grandes empresas de logística de transporte y nos dejan todo en paquetes en la puerta de casa), en las que en horarios punta están a rebosar de vehículos y en horarios valle están como en las películas de terror o apocalípticas, donde si te cruzas con un alma, sabes que algo malo va a pasar.
La arquitectura sin perspectiva de género y sin perspectiva comunitaria, está pensada para salir por la mañana temprano y no volver hasta por la noche. Hacer rutinas de lunes a viernes cerca del entorno laboral y los fines de semana, si acaso, invitar a quedarse en su urbanización privada, utilizar las zonas comunes, pero no para crear comunidad o hacer vecindario, sino para traer a tus amistades o bajar a usar esas “zonas comunes” de manera individual.
Ni que decir tiene, cuando eres una persona cuidadora o tienes a alguien contratado (normalmente puestos feminizados de cuidados o limpieza) para tener una casa reluciente y lista para el fin de semana. En esos casos, el acceso a esos barrios se convierte en una verdadera gymkana, el transporte público brilla por su ausencia y si no tienes un vehículo, es una perdición. Hacer las tareas domésticas, la compra o la comida en esos entornos es como estar en plena jungla con un cuchillo y esperar sobrevivir durante todo el invierno.
Si hablamos de gente joven que sale al ocio nocturno, olvídate de ir sola si eres chica, te recuerdo que estamos en una película de terror sin nadie en las calles, sin nadie que pueda oírte aunque grites y tan a oscuras que lo mejor que te pueda pasar es que te difumines en la oscuridad y pases desapercibida hasta para los maleantes.
Cuando hablamos de familias con menores, estamos ante cárceles decoradas, o lo de la película esa, “El show de Truman”, vidas idílicas que solo sirven en la fachada, pero no invitan a la relación o a la participación. Allí no hay movilidad posible hacia zonas de ocio o deportivas, no hay instalaciones en las que niñas, niños y jóvenes puedan ir sin compañía de personas adultas a jugar o practicar deporte. Olvídate también de arbolados o sombras. Y ningún edificio para actividades culturales o educativas y bibliotecas, las justas. Como seas de las personas osadas o atrevidas a coger una bicicleta, ya puedes hacerte un seguro de vida y accidentes, porque lo menos que te puede pasar es que te dejen con sordera real o selectiva por los pitidos y los insultos, en el mejor de los casos y atropellos y accidentes, en el peor.
Y ahora, párate a pensar en las personas con diversidad funcional o personas mayores. Ya sí que esto es “Misión Imposible”. Aceras con árboles obstaculizando (aquí sí que suelen poner árboles) los carritos, las muletas o los sistemas de apoyo para movilidad no entran ni haciendo contorsionismo, como en la película “El Señor de los Anillos” cuando el mago gris (Gandalf) se enfrenta al ser venido del inframundo (el Balrog) en el puente de salida hacia el exterior y le grita: “¡No puedes pasar!”. También te puedes encontrar bancos para sentarse imposibles, mirando hacia una pared, o de materiales resistentes pero incomodísimos. O calles asfaltadas o enladrilladas con los aparatos de aire acondicionado colgados en las fachadas como jardines verticales del infierno, desprendiendo más calor que el centro de la tierra. Ahí en verano no atraviesas porque lo menos que te puede pasar es que te derritas como un polo fuera del congelador. Y encima, como nadie te va a ver ni oír, pues ahí te mueras. Súmale que esas personas mayores están aisladas de toda la comunidad, o se hace imposible vivir sin apoyos o en el caso de grandes dependencias, ¿residencias?, ¿dónde están las residencias cuando se las necesita?
Eso sí, los precios de la vivienda se disparan, no hay alquileres que puedan pagarse con el salario mínimo interprofesional, los barrios ya son los del extrarradio, del extrarradio, casi más cerca del siguiente pueblo que del centro de la ciudad. El trabajo sigue estando en los mismos sitios y con las mismas dificultades de acceso y estabilidad.
Construir cultura antes que edificios, como dice Nuria Moliner (4), es el primer paso para que las casas, las viviendas, las ciudades, los territorios, respondan a las necesidades reales, que hablen con el entorno, que respeten la naturaleza, que contacten directamente con las raíces y construyan humanidad. La forma en que habitamos el espacio dice mucho del tipo de personas que somos.
No sé a ti, pero a mí, no me salen las cuentas y sí que me surgen un montón de preguntas. Y te invito a reflexionar conmigo. ¿Y yo, dónde quiero vivir?, ¿qué clase de barrios quiero habitar? ¿qué tipo de trabajo quiero o puedo desarrollar? ¿qué hacemos con el sistema productivo y patriarcal? ¿qué comunidades queremos edificar? ¿cómo podemos aplicar la perspectiva de género y la interseccionalidad en el urbanismo?
Si encuentras la respuesta, por favor, comparte. Y mientras tanto, si te apetece aprender un poco más, no te pierdas la película documental “Ellas en la ciudad” de Reyes Gallegos (5).
(1) REYES GALLEGOS. Reyes Gallegos, arquitecta y urbanista: «Si pienso en los barrios sin la generación de mujeres de los 70, me vienen imágenes distópicas»
(3) EDIFICIOS CEBRA Edificios Cebra: La epidemia arquitectónica que está transformando las ciudades españolas | Euronews
(4) NURIA MOLINER Núria Moliner, arquitecta: «Cuando voy por la calle y veo una ventana con luz azul, pienso que no se puede ser feliz ahí dentro»

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