Akelarre y festivales
Ahora que estamos en pleno verano, que suenan los festivales y que huele a barbacoa, hay una reflexión que quiero compartir contigo. Y si en algún momento consideras hacerme una réplica o darme tu sincera opinión, desde el respeto, será bienvenida.
Mientras tanto… a ver si te puedo explicar mi inquietud.
Quería hablar de los festivales desde una mirada comparada con mi experiencia y sin parecer una viejuna y que me critiques con mirada edadista antes de tiempo. Esto lo dejo para el final como guinda del pastel, que te la dejaré votando.
Resulta que, cuando era unos cuantos años más joven, disfruté en varias ocasiones del famoso Viña rock; un festival rockero y con mucha energía y vitalidad, en el que además de buena música y de impulsar a grupos emergentes que luego han formado parte de nuestra historia musical, también había un puntito de rebeldía joven y reivindicación fuera del sistema establecido.
Hasta aquí bien.
Aquella época tiene muchas críticas con la perspectiva de género y el conocimiento adquirido. Podría hacer algunas puntualizaciones que en su momento no era capaz de ver, por puro desconocimiento.
De momento, me las guardo para otro día.
Ahora bien, mirando el panorama de los festivales ahora, no se si quedará alguno en el que la mano de poderoso caballero (Don Dinero) no haya puesto sus garras para apropiarse de la cultura y rentabilizar sus arcas, incluso absorbiendo las disidencias y mercantilizado ganancias.
Me explico.
Cuando yo iba al Viña rock, nos cedían espacios públicos para acampar, pagabas el acceso, te daban entradas o unas pulseras como las de los hoteles de todo incluido y allí había mercadillo artesanal, merchan de los grupos que ibas a escuchar o descubrir y había bebida bastante asequible (si salías a beber, el rollo de siempre… te salía bastante barato. Apología del alcohol sí, como en cualquier fiesta popular del territorio).
Comíamos fuera del recinto, en bares y restaurantes de la zona que hacían su agosto con precios asequibles y compartiendo mesas con completas personas desconocidas que te aseguraban socializar, ligar o no querer perderte a un grupo que te habían contado que lo estaba petando (así me hice fan de Poncho k). Aprovechabas para ir al baño en un lugar decente y limpio en el desayuno o en la comida. El resto… supervivencia.
Lamentablemente la falta de civismo también ha sido detonante para que ésto no se vuelva a dar, una pena.
En fin, creo que con 10.000 pesetas (60€) era capaz de sobrevivir el fin de semana con gasolina, comida, alojamiento y alguna camiseta o sudadera de tú grupo favorito. Y ahora viene lo bueno. Igual te está surgiendo la pregunta: claro, la vida ha subido mucho. Y sí, tienes razón, pero mi salario en aquel momento eran 125.000 pesetas (algo menos de 1.000€). Haz las cuentas, menos de un 10% de lo que cobraba. Si no hubiera sido imposible para mí haber vivido ésa experiencia.
Adelantemos el tiempo a nuestros días.
Si quiero ir a un festival, para empezar, tengo que reservarme vacaciones un año antes. Tengo que esperar una cola virtual de horas delante de una pantalla e incluso, a veces, pago por adelantado por algo intangible como un derecho a tener acceso (con lo que molaban las entradas en papel).
Además, el precio de un fin de semana festivalero te puede salir fácilmente por el salario mínimo interprofesional, es decir, el salario de un mes entero de trabajo por un fin de semana dándolo todo, asequible para no todos los bolsillos. Incluso si no te vas a una ciudad distinta a la tuya, porque a la vuelta de la fiesta también hay que pagar el servicio de transporte. Que los festivales, para no molestar (o eso nos dicen), se han trasladado a macro zonas a las afueras de la población.
Encima, si le ponemos perspectiva de género, para ser una buena festivalera, tienes que compartir un look, muy cool, que incluye mucha sexualización y estereotipos, no vaya a ser que parezcas una estrecha y que no estés suficientemente empoderada y de paso no te comas un rosco o no te toquen ni con un palo si piensas ligar. Vamos, que el empoderamiento femenino es la hermana gemela de la sexualización.
Claro, luego no te quejes si se producen violencias sexuales, porque el foco volverá a tí como mujer y no al agresor, que es incapaz de sostener su instinto de apareamiento; más cuando vas dándolo todo y provocando.
También es verdad que ahora hay más artistas en los festivales en relación a épocas pasadas (Luz Casal o Amaral mediante). Pero si osas reivindicar a la organización, desde grupos emergentes, olvídate de volver a participar y espera una condena en la hoguera pública de las RRSS (que se lo digan Claudia Zuazo).
Ahora viene la crítica edadista. Las mujeres hemos sido perseguidas por brujería cuando hemos destacado, cuando hemos evitado someternos a un poder hegemónico masculino. Una, que ya peina canas, tiene todas las papeletas para que la digan que es una bruja amargada rodeada de gatos negros porque nadie la quiere y que los festivales son lo mejor del verano y que sirven para divertirse y salir de la rutina y dado que no se pueden comprar, ni alquilar una casa, la gente joven opta por pasarlo muy bien y gastar todo lo que les cuesta un mes de trabajo en un puto fin de semana.
No te falta razón en que soy una bruja toca narices.
Pero la pregunta es si no será que el propio sistema está absorbiendo la rebeldía y reivindicación juvenil en pos de un capitalismo aún más feroz para que seamos las bellas durmientes del cuento esperando un príncipe azul para despertar de la evasión y del dolor.
Y ahora te sigo contando otra experiencia.
Después de la época del Viña rock me pasé a la vida «más sana». Me hice corredora (running) y también he experimentado el fenómeno de los festivales en las carreras.
Antes, te apuntabas a una carrera, te daban una bolsa del corredor (nunca de la corredera) que traía el dorsal, alguna barrita energética o gel y una camiseta conmemorativa (que nunca tenía tallas ni muy pequeñas ni muy grandes, donde cupieran los pechos de mujeres).
Ahora, es un flipe pillar dorsal, algunas carreras van con packs de viajes y sorteos de dorsales para participar. Ni que decir tiene la equipación y el outfit para no desentonar y mostrar musculatura, nunca mejor dicho. Incluso hay nicho de carreras para mujeres con la excusa solidaria, que finalmente no son tales y que juegan con el compromiso social de la gente (por favor, sigue a mis amigas de la asociación teta y teta para que te expliquen lo de la carrera de la mujer y el cáncer de mama).
Así que lo que me pide el cuerpo es valorar si lo que está pasando no es más propio del capitalismo y no de una moda de gente moderna haciendo lo que le da la gana con su dinero. Un apoderamiento capitalista de un modelo cultural y social que está en desaparición.
Creo que por hoy basta. Me voy a cuidar de mis gatos negros. De sexo ni hablamos. Porque como bien sabéis, a las brujas nos falta sexo o sólo follamos con Satanás (a ver si se ponen de acuerdo, o si no propongo que lo rentabilicen como todo lo demás. Tiempo al tiempo).
Feliz verano!!

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