1991. UN AÑO DE MUSICOMIO
Llamaradas, hoy os pido hacer un pequeño ejercicio imaginativo. Primero, regresad por un momento a principios de los noventa. Quizás muchas de vosotras erais personas en la primera fase de vuestra vida, alguna como yo tal vez ya lidiaba con la juventud e incluso puede que entre nuestras ardientes llamas exista la excepción de alguna que ya peinaba canas. De una u otra forma casi seguro que los recuerdos serán difusos y parecerán muy lejanos, ahogados en fragmentos de imágenes nacidas en un contexto de optimismo modernizador y desengaño social que apenas recordaremos.
Puestos en contexto, lo siguiente que os pido es imaginad ser personas fascinadas por el realismo mágico y que en un mismo año veáis nacer libros como “Cien años de soledad”, “Pedro Páramo”, “La casa de los espíritus” o “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”. Ahora id un poco más allá e imaginaros como expertos de la poesía hispanoamericana y que en otro año cualquiera coincidieran en la creación Neruda, Rubén Darío, Rosario Castellanos u Octavio Paz. Haced un último esfuerzo y convertiros en gente apasionada por la pintura abstracta, ¿os imagináis un año en el qué obras de Kandinsky, Klee, Miró o Sophie Taeuber-Arp hubieran coexistido en su creación? Mucha imaginación y coincidencia os pido, ¿verdad? Pues algo tan excepcional pasó en el rock anglosajón y no hace tanto tiempo.
Nos tenemos que retrotraer a 1991, un año de verdadero musicomio como a mí me gusta decir. Algo así como que si hablásemos de vinos lo consideraríamos de una cosecha excepcional, rozando lo irrepetible. Seguramente lo degustaríamos en pequeñas cantidades y lo guardaríamos en el lugar más preciado de nuestra bodega.
Mirad la lista y valorad si exagero o no con eso del musicomio. En 1991 se publicaron el “Nevermind” de Nirvana, el “Ten” de Pearl Jam, el “Black Album” de Metallica, el “Use Your Illusion I&II” de Guns N’ Roses, el “Blood Sugar Sex Magic” de Red Hot Chili Peppers, el “Actung Baby” de U2 o el “Out of Time” de R.E.M por recitar los más relevantes, pero sin olvidar que ese mismo año también publicaron trabajos artistas como Hole, Green Day o Mudhoney, incluso Michael Jackson, Ice-T o Genesis si buscamos algo fuera del rock. Vamos, una explosión artística en toda regla pocas veces antes vista y posiblemente difícil de volver a ver.
Y si la lista es extensa y variada no lo son menos el sonido y las influencias que nos dejan esos trabajos. 1991 es, sin duda, uno de esos años bisagras en el rock, conviven los últimos coletazos del glam ochentero (Guns N’ Roses) con el asalto definitivo del grunge y del rock alternativo (Nirvana o Pearl Jam) a la cultura de masas y a la radio fórmulas, y por medio se entremezclan pasajes de rock fusión (Red Hot o R.E.M), metal (Metallica) y rock posmoderno con toques electrónicos (U2). Todo un crisol de sonidos puestos a disposición de cualquier persona amante de la música rock con apenas semanas de diferencia.
Yendo más allá de lo meramente artístico y buscando algo de contexto social que nos haga reflexionar sobre tal explosión musical de inicios de los noventa, creo que no es irrelevante recordar que en esos años previos se juntan acontecimientos sociales muy potentes como son la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, la Guerra del Golfo como primera guerra “televisada” y la recesión económica en occidente que provoca la llegada de la precariedad laboral y vital para la que llamaron Generación X, generación que hizo un poco de puente entre la crecida con los valores entendidos como tradicionales y la nacida en una era ya plenamente digital.
Sin ser un rock excesivamente político, todas esas situaciones si provocan que se observen en todas las creaciones un denominador común de ansiedad y desarraigo que sustituye al simple hedonismo de la música de la década anterior. Desde el grunge y el rock aledaño nos invaden letras de aislamiento juvenil y cierta apatía generacional. El mainstream musical abraza el discurso y, unido al talento que encierran la mayoría de creaciones, se produce la mezcla perfecta para que el rock anglosajón más conocido tomase un camino de éxito que duraría años.
En mi opinión, más adelante la industria se empezaría a cansar de esos mensajes potentes e introspectivos de desencanto y en la siguiente década el rock de masas giraría hacía una parte más melódica y accesible encabezada por el indie.
Sacando una enseñanza de aquellos tiempos, si 1991 fue un año completamente loco a nivel de creación rockera, porque 2026 y siguientes no pueden ser años de llamaradas que ardan desde nuestro reducto faceriano. Como hemos visto la creación artística tan solo necesita una llama para reproducirse exponencialmente. Como bien nos aconsejó hace bien poco Lara Peña en su Habitación Propia de Facerarder, “escribid, escribid malditas”. Que nada ni nadie nos impida arder y que, de ser así, las llamas nos pillen creando.

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