Encuentros en la tercera frase – Virulencia
Podría referirme al hantavirus, el nuevo patógeno del que tanto se habla en las noticias, pero no es así. Considero que ya vamos servidos respecto a este tema. Sin embargo, existen otros tipos de virus, causantes de la discordia, el odio y la sinrazón, como por ejemplo el ansia de poder o el afán imperialista. En esta sociedad frívola y descarnada, donde la polarización es la nota dominante, bastante tenemos con vivir el día a día, que diría Rambo, sin más sobresaltos de la cuenta. El sectarismo es uno de los mayores cánceres del mundo, corre como la pólvora por las ciudades, diezmándolas y sumando nuevos adeptos a la causa. Siempre lo ha habido. Y siempre lo habrá. Los seres humanos tendemos a defender nuestras posturas a capa y espada, igual que Gene Kelly en Los tres mosqueteros (1948) y, en no pocas ocasiones, rebatir una opinión provoca una defensa aún más férrea de la posición. Esto no es malo, siempre y cuando uno lo haga partiendo de una base fundamentada y respete al adversario, pese a no comulgar con sus ideas. El problema viene cuando el objetivo no es otro que machacar al contrario sea como sea. Porque me cae mal. Porque es de un equipo diferente al mío. Porque nuestros gustos difieren. Porque viste de traje. Porque va en chándal. Por lo que sea. Da igual. Odiar por odiar sin pararse a pensar en el daño que podamos infligir. A menudo pongo el ejemplo de La lengua de las mariposas (1999), cuando Fernando Fernán Gómez habla de que el infierno somos nosotros mismos, siendo esa semilla de maldad la que aviva la hoguera.

Tristemente, estamos tan acostumbrados a escuchar y leer barbaridades que ya pocas cosas pueden sorprendernos y, aun así, lo hacen. No hay respeto, ni civismo, el diálogo brilla por su ausencia y, lo de ponerse en el lugar del que está enfrente, ya para otro día. Recuerdo a Sheev Palpatine y su Orden 66, cuya ejecución dinamitó el orden en la República Galáctica, purgando a sus protectores para implantar un reinado de terror. No obstante, el lord sith tenía bastante más clase y oratoria que aquellos que aseguran ser los adalides de la diplomacia mientras sueltan soflamas y exabruptos como si no hubiera un mañana. Uno recoge lo que siembra, y nuestra especie ha sembrado mucho mal. Y para eso no hay antídoto.

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