Un hermoso presente en brazos
Hay algo más amenazante que una pistola en la cara. Dijo aquel hombre, mientras firmaba el último documento para dar de baja la editorial. La administradora no respondió, tan solo recogió los documentos y le deseó suerte. Había sido una larga mañana. A primera hora contestando emails el ex-editor surfeaba emociones a cada respuesta de sus autores. Por ejemplo:
Querido Ulises Granado:
Me entristece el pliegue de velas de La cierva. Ha sido una casa, o una isla, o quizás algo así como una nube mejor dicho, para mí y mis historias. No sé si podré perdonarte tal cobardía. Los artistas, sabedores del estado del alma humana, no deberíamos tener progenie a no ser que la tengamos para educarla en la gran misión de construir un mundo mejor… En cuyo caso, cerrar La Cierva es renunciar a dicha gran obra. Es abandonar la trinchera. Aceptar la derrota. Por otro lado, el camino es irremediablemente hacia la derrota. Aguantamos el pulso para darle emoción, pero sabemos cómo va a acabar. Quizá bajar la persiana sea como un acto de reagrupación más bien. Quizá la Cierva, para seguir creciendo, debía ser como una gran hoguera que alimenta el cielo con la humedad, que todos sabemos que es arte, y ésta es amor, y así convertirse más adelante en esa nube, que fue para mí y para todas las autoras, y luego descargar una llovizna bien amable que alimente una infancia segura, acompañada, cálida como una tarde de verano debajo una morera. Recordaré con cariño los buenos tiempos, nuestra correspondencia vivaz, literaria y el gran sueño, mi querido Ulises, gracias de nuevo y perdón por el desquite.
Diana Sanz
Admirado, siempre y para siempre, Editor de La Cierva:
No quisiera que se vaya del mundo literario nunca jamás, pero ya que lo hace le contaré una anécdota a modo de despedida:
Esto ocurrió en 1999, en las calles de Sants, barrio/pueblo barcelonés. Caminaba hacia el bar Méndez a tomar café para amedrentar la resaca y la pereza acumulada por el calor veraniego. Al cruzar por delante de los contenedores de basura vi un taburete medio roído, aparentemente por una fuerte mandíbula de perro, o de loba, y encima de él un libro. Tan solo uno: De cielos y escarabajos. Escrito por Jorge Morcillo. Lo iba a coger cuando una mujer me detuvo a gritos. Dijo que ni se me ocurra tocarlo, que es suyo, que ella lo vio antes desde el balcón de su casa. Señaló con el dedo el balcón en cuestión donde sobresalía un mástil con un tanga negro astado en él. Ella insistió y le respondí con un reto: ¿Cómo te llamas? ¿Tú escribes? Le pregunté. A lo que me respondió enseñándome sus dientes primero, su dedo medio después y finalmente dijo: me llamo Laura Maldonado, escribiré tu necrológica. Cuanto más dura era ella más ganas tenía de negarle el libro, de pelear por él hasta las últimas consecuencias, pero entonces me tiró un bolígrafo a cara y cuando levanté mis manos para cubrirme con la portada de De cielos y escarabajos aprovechó para desabrocharme el pantalón y bajarlo en un movimiento digno de una ninja. En un autoreflejo solté la novela, claro, y vi como la cogía en el aire mientras me subía los pantalones de nuevo. Le quise dar la mano como aceptación de la derrota de buena fe, pero ya se había ido. Ese descaro, esa libertad de acción literaria que olía como a lobo revuelto en hojas de pino y a tierra mojada, no sé si tendremos el lujo de encontrar en otras casas o talleres. Echaré de menos tu hermoso hogar, Ulises, gracias de corazón por todos estos años de valentía.
Lucía Aguilar
Querido Sr Granado:
Le hago constancia de mi indignación ante tal negra como la peor de las tempestades de noticia. Por si no fuera poco con los incendios, las guerras, Juan Gómez Jurado, Arturo Pérez Reverté, el deplorable estado de la cultura ya no en España, en el desgraciado mundo que habitamos cuando no estamos leyendo, es decir cuando somos más desgraciados, además de todo eso va usted y se retira. Así, sin más, trompeta y retirada, quemada de barcos pero no al llegar, sino antes de llegar y ala, persianas abajo. ¿Y todo por qué? ¿Acaso tiene una razón de peso? ¿Una bancarrota? ¿Un cáncer terminal tal vez? No, nada de eso. Se rinde ante un deber mayor. Una paternidad más que mutila los sueños. El motivo que más fuerzas debería darle para continuar. El ser que heredará el mundo que usted abandona a su suerte, desprovisto ahora de buena literatura contemporánea, después de haber contribuido en el buen fluir educacional y literario como pocos han logrado hacer en este condenado país desagradecido de su herencia, todo por la pela, va usted, y desde su sillón de orejas, toma una decisión que condena, una vez más, como un clavo más en el ataúd que es el mundo literario español, a la Cierva. Señor, no me deja más remedio que retarle a un duelo, en el puerto de Cádiz, usted ya sabe dónde, a las siete de la mañana. Yo pondré a nuestra disposición dos pistolas y usted elegirá cual usar. Su sangre o la mía es el precio mínimo para escribir el final de esta fortaleza numantina contra la barbarie literaria que ha sido la Cierva editorial. Vale.
Carlos Penna
Una granada, tres fracciones, Lítost:
No echaron gasolina, ardió de pura cepa, bueno quizá el viento ayudó, soplando a la contra.
No bebieron de sus frutos, mancharon la tierra, o quizás fue una siembra.
De los cielos al fondo de la mar, profundizando y bajo de oxígeno,
los pulpos fuman con papel de editar y los pájaros leen mar adentro.
¿Es posible refundar la buena andanza?
De todos los senderos nacen zarzas
buena aventura es aquella que explora la humana sensibilidad,
esquivando balas lanzadas por una parabellum, sin apartar la mirada.
Tres porciones de pizza como una granada abierta recién estallada
manchando el muro que ya no lamenta su existencia y sonríe
como Sísifo viendo caer sus esfuerzos por el desfiladero.
No sé si se ha entendido lo que quería transmitir. Mucha suerte en tu siguiente aventura, mi querido Ulises y gracias por habernos dado tan bella oportunidad a todos los autores y autoras de la Cierva.
Cerbatilla Ceja
Terminando el último email, el ex-editor notó que todavía vestía su piel de Cierva. En el respaldo de la silla aguardaba los tejidos nuevos que olían a responsabilidad y valentía. Una valentía que tampoco se diferencia a los aromas de su piel de editor, la cual se quitó con cariño y respeto y guardó en un espacio privilegiado de su armario. El ex-editor suspiró y dijo en un susurro «Ars et amor».

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