La ballena
“Lo que más me entristeció fue leer los capítulos aburridos que solo son descripciones de ballenas porque sabía que el autor solo intentaba evadirnos de su triste historia aunque fuera por un momento” The Whale (La Ballena), Darren Aronofsky, 2022.
Hace poco leí un artículo (1) que trataba sobre el morbo de mostrar desgracias sin entrar en el fondo de la cuestión y sin proponer soluciones o planes de acción. Un ejemplo de esto son los vídeos en redes sociales en los que se ve al streamer en cuestión dando comida o dinero a gente que está en la calle y, si hay suerte, pregunta algunas cosas sobre la vida de la persona. Suele pasar que se ve cómo la persona le da las gracias a él o a cualquier dios y llora. Las lágrimas se ven perfectamente en resolución 4K con HDR, graban con cámaras muy profesionales.
Estos vídeos suelen tener millones de visitas, así que el ánimo de lucro como razón principal, lo doy por descontado. Es lo que yo llamo pornografía emocional, en la que sentimos pena por una persona en situación extrema y luego alivio o felicidad porque momentáneamente hay un final feliz y es una droga que nos hace ver más vídeos de ese tipo y aumenta considerablemente el poder adquisitivo del youtuber en cuestión.
Mi madre tiene alzheimer avanzado y en el momento en que escribo este párrafo falta una semana para que entre en una residencia. Soy su cuidador principal. Vivimos ella, mi hermano con Síndrome de Down del que también me encargo (si bien ambos tienen sus talleres matinales), una cuidadora me ayuda mucho con mi madre y yo. Sin embargo, no puedo más con esta situación y además de culpa porque no querría que entrase nunca en una residencia siento alivio porque sé que mi vida va a dejar de ser una cárcel, como ha venido siendo estos últimos años.
Una afirmación como esta seguramente no sea muy popular (ni me vaya a hacer rico). Pero hay que romper ya la imagen social de la persona dependiente que tiene une cuidadore que es entregade y que vive para esa persona y que nada puede con ella. Porque es falso, les cuidadores de grandes dependientes acabamos muy tocades; desgasta mucho esta función. Nadie debe de tener que hipotecar su vida por cuidar a otra persona por mucho que la quiera. Pero claro, reconocer esto, conlleva replantear totalmente la sociedad para que el estado de todo el apoyo necesario (no las migajas que da ahora), para que toda persona tenga los cuidados que necesite y sus familiares puedan disfrutar de ella sin tener que dejarse su propia vida en el camino.
En esta situación estoy yo, que peso más de 130 kilos y tengo una relación complicada con la comida. Muchas veces la uso para calmar la ansiedad o para hacer mi vida soportable gracias a las sustancias adictivas que llevan muchos alimentos. Y yo soy algo más que una ballena, soy una persona compleja (no más que todas las demás) con muchas experiencias ya a sus espaldas a mis cuarenta y cuatro años.
Este es el momento en el que desde mi yo educador (2) te digo, a ti que estás leyendo esto, que nuestras experiencias nos configuran. Cada experiencia que vivimos la contrastamos con el mundo interior que ya tenemos y decidimos si la aceptamos e integramos en él o si la rechazamos. Por eso, las experiencias que tenemos de niñes, y las primeras experiencias en general, son muy importantes pues no tenemos en nuestro mundo nada (o muy poco con lo que comparar) y siembran una base que quedará fijada fuertemente en nosotres.
Así, mis padres, con todo su cariño, me daban de comer más de lo que debiese y productos que no eran nada sanos para mí. Por otro lado, el acoso que sufría de mis hermanos desde bien pequeño me dejaba bastante claro que yo no era una persona digna de ser amada o tenida en cuenta.
De las muchas experiencias de mi niñez, me gustaría destacar una desde mi yo artístico (3). Cuando era pequeño (igual tendría ocho o diez años) mi madre (la misma que ahora tiene Alzheimer) me llevó al sastre para que me hiciese un pantalón corto y me dejó elegir el color. Me encantó el color azul celeste de la muestra y de ese color me los hizo. Cuando mis hermanes lo vieron (tengo también una hermana) se mofaron del color y ahí aprendí que yo no tenía gusto para la estética (4).
Por suerte a día de hoy ya no sigo creyendo eso, pese a que recientemente me han dicho que me debería arreglar más porque he decidido vestir con ropa cómoda y barata y lucir una maravillosa calva con melena y una barba que simplemente dejo crecer libremente, precisamente como reivindicación estética. Curiosamente, esos comentarios no hacen sino darme la razón en que estas reivindicaciones son necesarias.
Esto puede parecer un hecho anecdótico pero creo que ejemplifica que las cuestiones artísticas en todos sus sentidos, que el arte como acción (5) es algo muy serio, no es baladí. Pensar como he oído muchas veces que “de la música solo pueden surgir cosas buenas” solo es signo de lo enraizada que está la concepción del arte como algo inocuo, decorativo. Esto no es casualidad pues las élites del estatus quo saben lo importante que es intentar empequeñecer el papel transformador del arte (6).
Tenemos ejemplos como el de diversas comunidades a lo largo del mundo que han transformado el neoliberal gansta rap (7), en cosas como la cultura hip hop usada como elemento protesta, transformación, comunicación y expresión comunitaria.
Por tanto, el arte puede ser transformador, puede ser terapéutico, pero siempre que le brindemos el respeto, la atención y el cariño que se merece.
Como quiero que este escrito pueda suponer algo más que una sesión de onanismo ególatra (8) o mera contemplación morbosa de desgracias, voy a dedicar esta última parte a hablar de cómo el arte me ha servido para hacer esta vida un poquito más vivible y en ocasiones hasta agradable.
Así, puedo recordar cómo en mi infancia y adolescencia escribir poemas hizo que pudiese expresar libremente mis sentimientos de una forma única que no podía hacer de otra forma, lo que me sirvió en el proceso madurativo de mi persona (9).
También recuerdo lo importante que fue al llegar a Madrid conocer un grupo de personas que querían montar un grupo de música celta y que me aceptasen como guitarrista acompañante pese a no saber hacer nada con la guitarra. Allí aprendí lo placentero que era esa sensación grupal de comunión, con una comunicación orgánica, que va mucho más allá de lo verbal (en muchas ocasiones no verbal) y en la que podía ser lo que yo era. Una persona que le gustaba estar con otras personas y disfrutar de ellas sin necesidad de usar palabras, pues por lo general no soy de hablar mucho.
A través de mi lado artístico también pude conectar a un nivel afectivo sexual con chicas, lo cual fue maravilloso. Siempre me ha costado establecer estas conexiones, dadas las traumáticas experiencias tempranas que he tenido (de las cuales solo he aportado una pequeña muestra).
Recuerdo también el disfrute que he sentido a la hora poner todo mi ser para jugar a transformarme en un determinado personaje, para tener un estado interior adecuado hacia la composición de algunas pequeñas piezas musicales.
Por último, si hubiese de quedarme con una experiencia, me quedaría con las sesiones de improvisación de música celta en la taberna el León de Oro (10) en Madrid. En ellas tenía libertad para entrar y salir en la música cuando quería y haciendo lo que quería hacer. Eso sí que (hecho de forma adecuada) es una experiencia intrínsecamente inclusiva, cooperativa y comunal y de bienvenida al otro y no un partido de fútbol en el patio de un colegio (11) como durante muchos años nos han querido hacer creer.
[1] Por desgracia ni recuerdo la autoría, ni dónde lo leí y no lo encuentro en ninguna parte, para referenciarlo como se merece.
[2] Tengo la carrera de Magisterio Musical, además de otros estudios de investigación en Educación.
[3] He estudiado música, canto y guitarra en diversos momentos de mi vida de forma reglada y no reglada y disfruto mucho el arte en general.
[4] Lo que ahora se denomina gatekeepers, solo que entonces no tenía nombre porque en los ochenta muchas cosas que hoy se visibilizan se ignoraban, no es que no existiesen, ni que esa época fuese maravillosa y hubiese más libertad que hoy en día.
[5] Todo es una acción entretegida en la realidad, que tiene sus interacciones con todo y que todas ellas configuran cada experiencia como algo único único e irrepetible. P.e. el hecho de escuchar una canción, leer un pasaje de un libro o ver una película en un determinado lugar, en un determinado día, con un determinado estado interior, en soledad y en compañía y en combinación con el resto de infinitas variables presentes.
[6] De ahí en España, la expresión artística esté minimizada en el horario lectivo de la educación obligatoria frente a la omnipresencia de la lengua y las matemáticas.
[7] Tenemos ejemplos de cómo diversas comunidades han transformado el gansta rap (rap de criminales), con el que la industria musical que ha lucrado a costa de la comunidad afroamericana estadounidense.
[8] Además de que la gente suele leer el principio y con suerte el final prescindiendo de las partes intermedias.
[9] Pese a que mis maestres de primaria, al ver un poema mío dijeron que alguien me había tenido que ayudar porque yo no podía haber escrito solo tal cosa, ¡Qué importante es el oficio de maestre y con qué delicadeza y cuidado hay que ejercerlo!.
[10] Ese espacio ya no existe. Se ha transformado en un restaurante más aunque conserve el nombre.
[11] En el fútbol, tienes compañeres, pero también rivales contra los que ir, lo que fácilmente perpetúa la idea xenófoba latente en la sociedad de, “el nosotros” al que yo pertenezco y “el otro”. Sin contar los innumerables ejemplos de machismo, e individualismo neoliberal, en el que paso por encima del rival (faltas e insultos, algunas de ellas muy violentas) para conseguir mi objetivo.

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