LABERINTO
Siempre he creído que cualquier cosa que podamos pensar ya está escrita en un mundo paralelo donde Borges es el creador omnipresente. Todas esas ideas mundanas, pensamientos recónditos o conceptos aparentemente novedosos que se nos ocurren a diario ya tienen su desarrollo perfecto en ese infinito universo borgiano. Cervantes es Borges, Kafka es Borges, Isabel Allende es Borges, Tolkien es Borges, pero también lo soy yo, lo eres tú y lo es cualquiera de las personas que se adentran en el oscuro mundo de la imaginación, incluso aquellas que lo hicieron en tiempos inmemoriales.
Con esta premisa clara hoy me he acordado de la casa de mi infancia. Bueno, de hecho, no hay un día en el que en algún momento no me acuerde de ella. A menudo me recuerdo mirando por esas dobles ventanas de aluminio rodeado de papel pintado, esperando descubrir en los transeúntes algún misterio que desentrañar. En otras ocasiones puedo visualizarme recorriendo sus estancias y revisando cada una de sus esquinas, pensando quien andará ahora por ese pasillo o que persona será la afortunada que pueda observar cómo, en los días de viento, el alto ciprés frente a la terraza oscila son su baile ceremonial. Cada cierto tiempo una nostálgica esperanza de poder volver a ella me recorre por dentro. Es entonces cuando rescato la esperanza del baúl de las emociones y pienso que tal vez un día sea posible.
Sin embargo, hoy el recuerdo ha sido distinto, como si no viniera de mi mente sino de algún otro lugar. Todas esas imágenes que siempre aparecen en mis recuerdos hoy eran más nítidas, pero también más extrañas. Los espacios eran laberintos que podía transitar una y otra vez sin parecer repetidos. Podía salir de mi habitación y dirigirme a la de mi hermano y volver, y lo que parecía kilómetros de aventura a la ida se convertía en un camino mínimo cuando regresaba. La cocina adquiría múltiples y distintas formas es cada recuerdo, quizás intentando emular esa esfera tornasolada del sótano de la Calle Garay que escondía el Aleph. Los baños eran paraísos cuyos grifos al abrirse daban paso a criaturas extrañas que me saludaban con cariño como si hubieran sido antiguas compañías de mi infancia. Incluso los objetos parecían interconectados, el teléfono de cable de muelle era una extensión de la tele de culo con antena de cuernos, y los antiguos taburetes de cocina jugaban a su antojo con el ventilador de aspas eternamente encendido en esas tardes de verano. ¿Y los colores? Si siempre mis recuerdos son en blanco y negro, hoy las imágenes aparecían coloreadas por todo el circulo cromático en combinaciones que desafiaban cualquier regla de luminosidad y saturación antes por mí conocida.
Intuyo que tal vez esos no sean mis recuerdos, sino los de ese Borges creador que vive y pervive en aquel universo paralelo. Ahora ya me pregunto qué recordará el de mi colegio, de mis primeras aventuras o de la primera chica en la que me fijé. Creo que pronto lo sabré. Estoy fabricando el artefacto que lo hará posible. Ya tengo el prototipo casi acabado y las pruebas preliminares no pueden ser más halagüeñas, a las pruebas de lo antes aquí escrito me remito.
Lo que más me está costando es dar con el nombre perfecto. Multimaginario, fantasiodromo, inventi+…ninguno me parece lo suficientemente bueno para portar en su concepto tanto contenido. Creo que le llamaré laberinto. No parece muy original, ni siquiera parece que muestre una utilidad real, pero como decía Borges “no se necesita edificar un laberinto, cuando el universo entero es un laberinto».

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